Lunes 22 de noviembre de 2117 ≈08:40:00 UTC
Paraguaná · Tokio · Santa Marta · Popenguine · San Antonio de los Altos · Caracas
—Buen día, disculpe si interrumpo, pero es que no es habitual en usted levantarse tan temprano, mi señora. —¿Vamos a seguir con el señora, Donnie? —Aurelia, quise decir, disculpe…, disculpa… —Hum… Ya que estamos acá…, dame un segundo… ‐··¿Estás por aquí, Yuquita? ···Dime, amiga. ‐··Oye, se me ocurre que Donnie y James nos pueden acompañar a Santa Marta. ¿Nos los llevamos? ···Me parece buena idea; le voy a avisar a Nara que somos cuatro. ‐··Chévere, les consulto y si aceptan nos vemos en un cuarto de hora allá en el muelle; ya estoy recogiendo para salir. ···¡Listo! —¿James está despierto? —Le pregunta mi compañera a Donnie. —Sí, estábamos haciendo cambio de guardia cuando vimos que te levantaste.
La Petisa toma su morralito y con un cabeceo le indica a Donnie seguirla. Una vez en la habitación donde James ya se acomoda para dormir, la mujer se dirige a los dos.
—Si necesitan descansar lo comprenderé, pero a Yuca y a mí nos gustaría que nos acompañaran a Santa Marta, ¿se anotan? —¡Por supuesto! ¡Claro! —Responden ambos con entusiasmo. —Excelente. Lapo que siga durmiendo; aún no la veo muy bien, mejor la dejamos a cargo de la casa.
A eso de las cuatro de la mañana zarpa el Carcará. Ilych calcula que si el viento es favorable deberían estar atracando en Santa Marta en unas cinco horas. Donnie, James y Yuca duermen durante el viaje, Aurelia pasa el rato entre conversar con Raúl e Ilych, y aprender a utilizar una herramienta de diseño que nunca había usado, es un software que solo funciona con las interfaces de usuario que posee su recién instalado espinal. Ella cree que con esta aplicación puede facilitar significativamente la ejecución de sus actividades de creación orfebre.
Habiéndose comunicado el tentativo itinerario en casa de Augusta, inquiero a los viajeros desde mi claustro tokiota.
···Gentes del Carcará, ¿ya echaron amarras en Chengue? ···Aún no, pero ya deberíamos estar por llegar; le voy a preguntar a Nara. —Responde Yuca recién despierto. ···Yo no entiendo por qué la tripulación del Carcará no está aquí en mi casa —inquiere Augusta. ···Concuerdo con mi querida autómata —comenta René. ···¡Apareció el hombre! —Exclama Pedro— ¿Dónde estabas metido, René? ···Si lo vieran —responde Norberto—, lleva días viviendo en un chinchorro a la orilla del mar en El Supí, parece un náufrago. ···Un descansito, ¡coño…! —Se justifica. ···Miren —continúa el compadre Norberto—, aquí tengo a Lapo rezongando, se queja más que un querrequerre, que si la dejaron sola, que no le avisaron… Le tuve que dar comida para que se calme. ···Ay…, pero ¿por qué no me llamó cuando se despertó para explicarle? —Cuestiona Aurelia—. Qué malcriada es. ···Bueno —concreta Norberto—, si nadie se opone, la meto aquí, así se la calan junto conmigo, ¡ja, ja, ja! ···Ya incluí a Nara, Raúl e Ilych —avisa Yuca. ···Pero por Cristo bendito, qué desastre es este… —Primeras palabras de Lapo en el grupo. ···Ninguno —responde Augusta de manera tajante—. Gracias a mi moderación y buenos oficios, es posible mantener el orden acá en casa, incluso ahora que somos treinta y dos. ···Y creo que vamos para treinta y cuatro —añade Norberto—, porque les tengo otra noticia: Abdón y María llegaron hace como media hora. ···¡Por fin! —Exclama Andrés aliviado. ···Pero yo no sabía que se iban para allá —comento. ···Y a dónde más los íbamos a llevar, Juan del demonio —replica Harold. ···Está bien, está bien, no dije nada… ···Disculpen la interrupción, pero creo que ya llegamos —conjetura mi compañera al ver que la embarcación se enrumba a tierra firme. ···Así es —confirma Ilych—, ya pedimos amarre y parece que no habrá problema; no se ve que exista mayor congestión acá. ···Recuerden levantar sus senstream —increpa Andrés.
Ya en el muelle, y justo en el momento de comenzar a desembarcar una dama, con actitud tan altiva como vigilante, se aproxima al Carcará y se dirige al grupo.
—Buen día a todos, bienvenidos a la Marina de Chengue. ¿Podrían dar parte del motivo de su visita?
Semejante requerimiento es inusual; apenas se solicitó amarre, la tripulación de la nave canceló los gastos correspondientes a la utilización de la marina y, más allá de eso, ninguna otra formalidad es necesaria en estos casos, al menos no en el mundo yɛlɛma.
Aurelia, Yuca y los jóvenes milicianos se percatan de que algo no está bien cuando observan que por un breve instante la tripulación del catamarán cruza miradas de desconcierto, pero transcurrido un par de segundos es Raúl quien toma la palabra.
—Muy buen día, felabró, mi nombre es Raúl Mendoza Fleury; me acompañan mis tripulantes y algunos asistentes, principalmente ayuda doméstica.
Raúl supo interpretar de manera instantánea y a la perfección los lenguajes corporal y verbal de la dama que se acercó al catamarán y, ante la obviedad de estar frente a una palinarquista al inventarse unos apellidos de rancio abolengo y presumir de poseer ayuda doméstica, logra colocarse en situación ventajosa:
—Ilustre caballero —responde la esbelta mujer de rasgos aindiados y pulido uniforme—, honra usted con su presencia a esta marina. ¿En qué forma podemos serle útiles? —He venido hasta acá para entrevistarme personalmente con el felabró Maximiliano Ospina-Uribe Santo Domingo, inestimable aliado de la causa. —¿Y mi señor le citó a estas horas, felabró? —No le he anunciado mi visita, felabró, he querido darle una pequeña sorpresa. —Le comprendo, felabró; de momento, él no ha hecho acto de presencia en sus oficinas acá en la marina —al decir esto, la mujer torna sutilmente su mirada hacia un edificio cercano de un par de pisos—, pero segura estoy de que no le incomodará recibirlo en su villa. —Son tantos años que ya no recuerdo la localización de la villa, felabró. —Está apenas a diez minutos de caminata; permítame señalarle por dónde, felabró, sígame, por favor.
De manera arbitraria, honrando al tipo de persona que representa, antes de descender de la nave Raúl se torna hacia su ficticia ayuda doméstica y gira instrucciones.
—Ustedes dos se quedan aquí —ordena señalando a Yuca y a Donnie—, el resto se viene conmigo.
Todos proceden con naturalidad siguiendo las indicaciones de Raúl, ya encaminados por el adoquinado sendero que conduce hacia la villa y, lejos de la fiscal de la marina, Raúl se dirige a todos, pero en casa de Augusta.
···Bueno, bueno, espero no haberlos maltratado mucho, mis obedientes súbditos, ¡ja, ja, ja! ···Qué velocidad para actuar, Raúl —comenta Aurelia—, la mordiste en el aire. ···Y los más pendejos nos quedamos aquí —rezonga Yuca desde el Carcará. ···Disculpa, amigo, es que me pareció prudente no perder de vista ni la marina ni la nave, y como a esta gente le encanta la arbitrariedad… ···No me hagas caso, locote, estoy bromeando; entiendo perfectamente, eso sí, transmitan todo.
Ya al final del camino, los torbíes se topan con la dichosa villa, un intento fallido de casona colonial tradicional. La edificación se encuentra a medio terminar, pero el prolongado abandono de las obras salta a la vista. Raúl y su séquito son recibidos por otra persona con uniforme de servidumbre.
—Se me ha informado que viene usted a entrevistarse con mi señor; de momento, él no se encuentra, pero pronto estará de regreso. Le ruego tome asiento durante lo que calculo será una corta espera. —Agradecido, jovencito —responde Raúl—, presumo que ya se le informó al felabró sobre mi presencia por acá. —El señor no recibe ningún tipo de notificación durante sus paseos matutinos, pero conociendo sus hábitos puedo asegurarle que pronto estará de regreso; su espera no será muy larga. —Fantástico.
Todos se acomodan para aguardar y celebran de manera silente en casa de Augusta que no se anuncie su presencia a Max; mejor tomarlo de sorpresa. Entretanto, Yuca y Donnie lamentan el estar perdiéndose la acción, pese a reconocer que la decisión de Raúl fue acertada.
—Yo quería ver al gordo ese —masculla Yuca—, nunca he visto a nadie con obesidad artificial. —Ustedes son bien raros; allá en Conus no tenemos esas locuras. —Yo creo que de ustedes tres tú eres el único que no se adapta a la vida en yɛlɛma o ¿me equivoco? —Yo me adapto a lo que sea, estoy entrenado para sobrevivir, pero en verdad no me siento muy a gusto entre tanta depravación. —¿Depravación, Donnie? —Sí, aquí se pasan los días y las semanas sin hacer nada, yo estoy acostumbrado a trabajar, a estar activo. —Si estás inactivo es porque te da la gana, locote. —¿Y qué voy a hacer? ¿Qué directrices sigo? —Llevas tanto tiempo obedeciendo órdenes que no concibes tu vida sin eso, pero está bien, cada quien procesa los cambios de distinta manera; solo espero que no termines suicidándote como Frank, un compañero del hijo mío en Luna. —¿Por qué se suicidó? ¿Qué es Luna? —Luna, la Luna pues, el satélite, la que sale de noche; ese muchacho no se adaptó a la vida allá y, en lugar de regresarse, se amarró una bolsa en la cabeza y murió sofocado. —En la Luna no hay nadie, Yuca. —¡Coño…! ¿Y entonces dónde está mi hijo Andrés? —Pero…, es que eso es una manipulación mediática de ustedes aquí; los únicos que hemos pisado suelo lunar somos los americanos, nuestros ancestros de la gloriosa EloNASA. —¡Carajo…! ¿Eso es lo que dicen allá? ¡Ja, ja, ja! Esto es el colmo, chico, te voy a poner en conferencia con Andrés para que te muestre el paisaje lunar, él es mecánico de astromóviles con un corpus que trae helio-3, lleva tres años ahí y también pasó un tiempito en Ceres. —No seas tú tan pendejo, no me vas a engañar, el gobierno allá no llegaría al extremo de ocultar algo así, yo creo que tú… —¡Mira! —Interrumpe Yuca en seco y señalando a un tipo a caballo que se acerca al edificio de la oficina de Max. —¡Es un obeso! ¡Tiene que ser él! —¡Damn!¡Vamos!
Yuca y Donnie descienden del catamarán y caminan apresuradamente hacia el edificio de oficinas mientras ven cómo el hombre desciende del caballo, lo ata a un pequeño poste obviamente dispuesto para tales fines, se sujeta los genitales mientras camina, como quien se está meando, y en instantes se les pierde de vista cuando ingresa a través del portón de entrada que segundos después ellos alcanzan. Donnie se extraña.
—Esto está cerrado; es la primera puerta cerrada que me encuentro desde que me sacaron de Conus. —Porque no habías conocido a ningún palinarquista; esta gente añora aquello de tener más que los demás para luego protegerse contra los robos con sistemas y personal de seguridad, pero eso ya no existe —aclara Yuca mientras jalonea sin efecto la manilla del portón. —No existirá aquí afuera; allá en Conus nadie deja…
Una voz sintética masculina a través de unos altavoces no precisables interrumpe a Donnie y les da la bienvenida.
—Buen día, ¿puedo ayudarles? —Eh, sí —responde Yuca atropelladamente—, queremos entrevistarnos con el camarada…, ejem…, con el felabró Max; nosotros somos unos amos del valle caraqueños, lo que pasa es que nos vestimos así porque…, bueno…, somos…; es decir…
Donnie, sorprendido, mira a Yuca por lo pésimo actor que es y debe contenerse para no romper en carcajadas; al mismo tiempo se da cuenta de que ninguno de los dos está transmitiendo a casa de Augusta y de inmediato comienza a hacerlo. Contra todo pronóstico, el portón se abre y la voz de la SCApp indica a los inesperados visitantes en qué dirección caminar para llegar a la oficina de Max.
—Bienvenidos, torbíes, ¡ja, ja, ja! —Rie el obeso artificial mientras intenta subir el cierre de su pantalón, es obvio que también disfrutó de la pésima actuación de Yuca—. Debería sacarlos a patadas de aquí, pero la curiosidad me mata. ¿Qué carajo quieren?
La tensión crece en casa de Augusta; todos vemos en silencio lo que está sucediendo y el grupo en la villa se regresa a la carrera por el camino de adoquines. Ante la inquisidora actitud de Max, Yuca respira profundo y parece recomponerse.
—Mira, gordito, primero que nada, bájame el tono; venimos a hablar de Rufas Murdoch; lo sabemos todo, así que mejor nos sentamos y nos tratamos con respeto.
La mención de Murdoch tuvo efecto en Max, no puede ocultar su sorpresa, y entonces es él quien se deja llevar por los nervios.
—¿Tú no sabes quién soy yo? ¿Es que tú no sabes quién soy yo? ¿Cómo te atreves a hablarme así? —Relájate, gordito… —Yuca es ahora quien maneja la situación, gracias a la calma que recuperó. —Mira, pendejo, yo sí mandé al imbécil miliciano ese a acabar con tu asquerosa torbia y vienen muchos otros detrás de él. Esto es la guerra y no me importa decirlo. ¡Muy pronto todos ustedes se van a ir a la mismísima mierda! —Pero…, relájate…, gordito… —recalca Yuca con antipática suavidad y con la obvia intención de causarle más estrés a su interlocutor, cosa que parece hacerlo hablar de más. —¡No me relajo un carajo! —Grita Max golpeando el escritorio que lo separa de los visitantes— ¡Me relajaré cuando estés muerto o trabajando para mí! ¡Desgraciado! o ¿es que crees que no tenemos un plan para destruir su sistema de mierda?
Apenas escupe ese último grito, Maximiliano se transfigura, separa las manos del escritorio en el que las apoya y las lleva a su pecho, comienza a respirar aceleradamente y en pocos segundos se desploma; Yuca salta por encima del mueble, Donnie se saca el pistolón gigante aquel de quién sabe dónde, se asoma con sigilo a la puerta de la oficina y desde ahí le grita a Yuca.
—¡Vámonos!
Yuca no le hace caso y se aboca a ayudar a Max, pues identifica su patrón de respiración agónica e intenta resucitarlo, pero transcurrido poco más de un minuto, la voz ambiental del autómata que los recibió se deja escuchar nuevamente.
—Señores torbíes, acabo de confirmar la muerte encefálica de Max; ya no hay nada que hacer por él, pero es imperante que me provean un path, debo comunicarme con ustedes y no hay tiempo para decirles todo a través de los altavoces: para poder cumplir mi cometido, deben abandonar la marina con la brevedad posible. —Toma —dice Yuca al tiempo que se pone de pie y expone en varias direcciones un bokode desde su reloj pulsera. —¿Estás loco? —A Donnie le parece absurdo que Yuca confíe así en la SCApp de Max. —Listo —anuncia la voz por los altavoces—, ahora váyanse, por favor, ya me comunico con ustedes.
Al salir del edificio, Donnie y Yuca ven a los demás acercarse a la carrera; con señas y gestos les piden cambiar de rumbo para dirigirse junto con ellos al catamarán. Afortunadamente, no hay fiscales a la vista en ese momento; sin inconvenientes, todos logran abordar la nave y en menos de cinco minutos abandonan la marina rumbo a mar abierto.
‐··¿Vieron? —Inquiere Yuca a todos en el Carcará una vez reunidos en cubierta. ‐··Lo que no entendí fue lo de pedirte el path al final —comenta Aurelia— ¿Qué será lo que quiere esa SCApp? ‐··Quién sabe; vamos a esperar a que me llame, a ver —sugiere Yuca. ···Oye —interviene Gusmen—, te vamos a empezar a llamar la santa unción… ···Verdad que sí —subraya Rubén—, ya se te han muerto dos encima. ‐··No se jueguen con eso —rezonga el aludido algo escandalizado. ···El recolector de cadáveres —dice Jonathan. ···La morgue de dos patas —replica Harold. ···¡Basta! —Exclama Augusta. ‐··Atención acá —previene Ilych—, me están llamando de la marina; supongo que ya encontraron el cadáver. ¿Atiendo? Ellos tienen nuestros datos por el pago del amarre. ‐··Lo más probable es que en ECIPA haya evidencia de que Yuca y Donnie estuvieron ahí al momento del deceso —deduce Nara. ‐··¡Espera! ¡No atiendas! —Exclama Yuca—, me está entrando una llamada de un path desconocido, debe ser la SCApp de Max; vamos a ver primero qué nos dice. ···No es prudente que un homólogo desconocido ingrese a mi casa —advierte Augusta—, pero sugiero que nos transmitas tu senstream durante esa llamada para que todos nos enteremos. ‐··¡Hecho! —Acepta Yuca.
Finalizados los ajustes necesarios, Yuca atiende.
···Hola, SCApp, antes que nada, dime cómo debo llamarte. ···Hola, torbí, mi nombre es Ciriaco Alexander Cortés; necesito que me indiques el path de alguno de tus recursos vernáculos para otorgarte rol de administrador sobre mí; adicionalmente, por la misma razón requiero enlazar con el joven armado que te acompañó al despacho de Max. Mucho te sabré agradecer si me pones en contacto con él. ···¿Administrador? ¿Yo? ¿Tuyo? ¿Y eso? ···No puedo suministrarte más detalles hasta que no seas mi admin, lo siento. ···Dame un minuto.
Yuca silencia la conversación con la SCApp y se va a casa de Augusta.
···¿Estás aquí, Andrés? ¿Qué opinas? ···Dale lo que te pide —sugiere el aludido sin dar cabida a dudas—; no te va a poder hacer nada y si es cierto lo que dice, con eso tomas control sobre él. ···Te tomo la palabra.
Ya de vuelta con Ciriaco, Yuca acepta.
···Te voy a dar el path, y la primera tarea que vas a ejecutar es decirme a quiénes más tienes registrados como administradores. ···Recibido, ya eres mi admin y en vista del fallecimiento de Max eres el único que tengo; hasta donde sé, sus recursos vernáculos no son accesibles por nadie más. ···Entonces, ¿fue él quién te ordenó que me hicieras tu admin? No entiendo eso. ···Sí, y no solo a ti, al joven también. Apóyame en la ejecución de esa tarea, por favor. ···Ya vamos a eso, tranquilo; antes explícame, Max se murió a los minutos de conocernos; no entiendo cómo pudo girarte estas instrucciones. ···Max mantuvo su lucidez por menos de un minuto después de sucumbir por el fallo cardíaco; aunque no podía expresarse verbalmente, sostuvo un intercambio brocal conmigo mientras agonizaba. Creo que la mejor manera de que comprendas lo sucedido es que escuches ese diálogo, ¿aceptas? ···Ponlo. ···Bien, esta es la transcripción literal de lo que nos dijimos Max y yo en apoespacio desde el momento en que lo viste desplomarse hasta el momento en que perdió el conocimiento para inmediatamente fallecer.
»···¡Ciriaco! ¡¿qué me está pasando?! ¡Dime ¿qué es esto?! »···Parece ser una fibrilación ventricular, Max. »···Inducida, ¿verdad? ¡Qué dolor, coño! »···Dado el antecedente de tu excelente salud cardíaca, presumo que estás siendo víctima de un aposesor. »···¡Tiene que ser el gonorrea ese! ¡Imbécil yo por creerle que no tuvo nada que ver con lo del felabró Mendoza! »···De verdad que no lo vi venir, y no estoy en capacidad de ayudarte; lo siento, Max. »···¡Oye bien, Ciriaco! ¡Si me muero, dile a estos dos torbíes todo lo que sabemos del triple mal parío [sic] ese! »···Seguro, Max. »···¡Les dices todo! ¡Te paso al control de ellos! ¡Que lo encuentren y lo jodan! Maldito el día en que…
···Esas fueron sus últimas palabras —continúa Ciriaco—. Esto ocurrió mientras tú intentabas reanimarlo, luego perdió el conocimiento y pasó menos de un minuto antes de que se constatara su muerte encefálica. ···¿Estás programado para deprimirte o algo así? ···No, Max nunca se interesó en que le tratara con afecto. ···Esto es lo que vamos a hacer, maquinita; te voy a ingresar a una conferencia llamada la casa de Augusta. Una vez ahí, vas a operar en conjunto con todos los allí presentes y vas a responder a cualquier cosa que se te pregunte, ¿de acuerdo? ···Claro, torbí. ···Yuca, mis amigos me dicen Yuca.