Martes 16 de noviembre de 2117 ≈18:00:00 UTC
Oklahoma
—O yo malinterpreté tu preocupación por los riesgos de este viaje, o tu capacidad para dormir bajo presión es envidiable.
Así me recibe Lapo cuando vuelvo a la vigilia en la butaca trasera de su camión. Desde el asiento del copiloto, la Petisa confirma su apreciación:
—A Juan lo he visto echarse una siesta en medio de una balacera; esto es un paseo para él. —¿Qué hora es? —Consulto. —Poco más de mediodía —contesta Aurelia—, ya salimos de Texas y entramos a Oklahoma. El lugar de encuentro es un complejo de casas rodantes abandonado en un lugar llamado Idabel. —Veo que han estado conversando en mi ausencia. —Hicimos lo posible entre ronquido y ronquido —dice Lapo.
El buen ánimo que percibo en ambas es indicativo de que el viaje por las carreteras conusienses se ha sucedido sin mayor novedad. Lo que alcanzo a ver por la ventanilla dista mucho de ser el mundo posapocalíptico que muchos imaginan se encuentra dentro de las fronteras de los Estados remanentes, si bien en el paisaje hay sobrada evidencia de los altos índices de pobreza en la región, nadie anda vestido como Mad Max ni mucho menos.
—Muy bien, torbíes, lo primero que va a suceder cuando lleguemos es que la guardia de Brewer nos va a revisar hasta el orto; no se quejen, por favor, yo ya hasta le he cogido el gusto a la cosa. —Me asustas —comento. —Si quieres te duermes para que no sientas nada —sugiere Lapo con tono sarcástico—, pero no me interrumpas cuando hablo, por favor. Puede pasar que Brewer no esté disponible y tengan que tratar con uno de sus generales, aunque espero se honre el compromiso adquirido conmigo y sea él quien los reciba. Ellos vienen periódicamente a hacer intercambios y a recoger mercancía en este lugar; no tengo idea de dónde puede estar su centro de operaciones ni de dónde viven, y creo que es mejor no saberlo. Estén preparados para una reunión muy breve, luego de una espera muy larga; preparen bien lo que van a decir, concreten. La mayoría de esta gente se puede entender en inglés, en uigurglish1, en spanglish y en castellano; procuren responder en el idioma que les hablen. —Es obvio que vienes por aquí con frecuencia —señala Aurelia. —Quizá —responde Lapo—. Ahora quédense calladitos que ya llegamos. Solo yo hablo.
Además del grupo de hombres armados que cierra el paso en la vía, no hay mayores indicios de haber llegado a ningún lugar en particular. A juzgar por su calmada actitud, presumo que los guardias reconocieron el camión en la distancia, pero de todas formas nos hacen descender del vehículo. Lapo muestra la carga que trae y explica que nosotros dos estamos ahí para entrevistarnos con Brewer.
Por fortuna, el cacheado no llega a ser tan íntimo como Lapo advirtió; ya finalizado, uno de los milicianos nos pide a mi compañera y a mí que le sigamos a pie por un sendero junto a la vía.
—Los alcanzo apenas descargue y finiquite mis negocios, no se preocupen; yo sé dónde van a estar.
Dicho esto, Lapo conduce campamento adentro escoltada por otros de los milicianos. La sala de espera en la que nos deja el soldado es un roído remolque cuyas ventanas están cubiertas con hojas secas y trozos de corteza vegetal. Cuando entramos se puede distinguir en la semipenumbra a un grupo de personas sentadas en silletas y algunas otras en el piso. El calor que sentimos se explica por lo que parece una estufa de leña encendida en el fondo. En pocos segundos Aurelia se arrepiente de haber entrado y me hace señas para salir; la invito a sentarnos en la escalinata del mismo remolque para aprovechar algo del calor que sale por la portezuela.
—Aquí hace más frío que en Borgoña —digo. —Sí, y yo dejé mis guantes en el morral; se me quedó en el camión —acota. —Mientras a Lapo no le dé por ponerse a revisarlo… —Espero que no, ni a ella ni a nadie más.
Transcurridas un par de horas, la aludida se apersona y trae una cesta con algo caliente y de buen aroma.
—Ya sé que ustedes no comen, pero les traje banaha, coman. —Eh… Gracias… —Responde la Petisa. —Estoy para servirte. Trataré de estar presente en su audiencia, nos vemos en rato.
La espera se prolonga un par de horas luego de que se retira la flaca; de tanto en tanto, uno de los milicianos viene al remolque en busca de quienes nos preceden en orden de llegada. Así, poco a poco nos vamos quedando solos. Cuando comienza a caer la noche entramos al remolque para calentarnos, pero pocos minutos después toca nuestro turno y viene el guardia por nosotros.
Luego de caminar un par de cuadras, entramos en lo que parece ser la casa menos deteriorada del campamento. Al parecer Lapo nos esperaba desde la cercanía pues nos alcanza en la puerta y entra junto con nosotros. Dentro están unas cinco personas, intuyo que Brewer es el que está sentado en el único sillón ejecutivo del lugar. Al percatarse de nuestra presencia, deja lo que hace en el thinscreen adherido a la superficie de la mesa de comedor que hace las veces de escritorio gerencial para recibirnos.
—Hola, Lapo; hola, amigos de Lapo, por favor, pasen adelante y tomen asiento. —Un par de pilas de libros estratégicamente colocadas impiden que desde nuestros asientos alcancemos a ver lo que hace Brewer en su thinscreen; todo un atentado contra mi curiosidad—. Disculpen la prolongada espera, tenía varios asuntos que atender, pero díganme ¿a qué debo el placer de su visita?
Algo que llama mi atención desde que llegamos al campamento es que nadie viste de uniforme, y Brewer, con su estilo cowboy, no es la excepción. Lo único que identifica a estos milicianos como tales son sus chapas de identificación militar (dog tags) estampadas con pequeños thinscreens.
—No te preocupes, Otis —tomo la palabra—, agradecemos que nos recibas y voy al grano. Resulta que hace unos días identificamos como integrante de tu organización al perpetrador de unos actos de sabotaje en nuestra torbia: era un individuo llamado Rufas Murdoch. Lamentablemente falleció accidententalmente antes de que pudiéramos conversar con él, pero el tatuaje en su espalda y el testimonio de algunos compañeros nos dejan pocas dudas sobre su filiación con la TAIK.
Brewer vuelca de nuevo su atención al thinscreen; luego de unos segundos interactuando con el aparato, nos responde:
—Este Rufas hace muchos años que no se presenta ante ninguno de nuestros oficiales. En otro tiempo se le consideraría un desertor, pero hoy día nuestra organización opera de manera más abierta que antes. —Otis —interviene Aurelia—, el asunto es que necesitamos saber si existe alguna razón por la que ustedes la emprenderían contra nosotros, bien por iniciativa propia o bien porque se les haya contratado para hacerlo. —Nuestra fama de sicarios nos precede… —Y negarla no tendría sentido —añado.
Mientras se desarrolla la conversación, Lapo se cruza de piernas y de brazos, se reclina un poco y alterna su mirada entre Brewer y nosotros como si presenciara un partido de tenis; su relajada expresión me hace presumir que el tono con que nos dirigimos a la autoridad de la TAIK no representa ningún riesgo para nuestra seguridad personal.
—Y si están tan seguros de que somos asesinos a sangre fría, ¿cómo saben que voy a dejarlos salir vivos de aquí? —Eso no es lo que dijo Juan —aclara Aurelia—. La fama de asesinos la tienen, eso no es discutible, pero más allá de los rumores no hay nada concreto que demuestre esa presunta diabolicidad de la TAIK. —Creo que nos vamos a entender —advierte Brewer, señalando a Aurelia con su dedo índice. —Pero no me has respondido —replica ella.
La conversación comienza a llamar la atención de los otros hombres en la sala. Poco a poco pasaron de estar distraídos, o conversando entre ellos, a guardar silencio y centrar su atención en nosotros; al notar esto, Lapo no se contiene:
—¡Ja, ja, ja!, mira la cara de tus generales, Otis; están escandalizados por el tono con que esta gente te habla. —Quédense tranquilos, soldados —les dice Brewer—. Estos vienen de yɛlɛma y allá no se respetan jerarquías, pero les aseguro que no se me está faltando el respeto, relájense. —Me contenta que tengas clara nuestra intención —intervengo—. De todos modos, es mejor para todos si concretamos. Entonces, te replanteo nuestra inquietud. ¿Es posible que la TAIK esté involucrada en los ataques a la torbia? —No, Juan —responde Brewer de manera tajante—. Puedo garantizarte que ni nos interesa perjudicarles, ni hemos sido contratados por nadie para hacerlo, y hablo en nombre de toda la organización. —¿Y qué crees que pudo llevar a Rufas a participar en eso? —Inquiere Aurelia. —Mira, yo no conocí personalmente al individuo, mal podría hablarte de sus motivaciones. Lo que sí puedo asegurarte es que mucha gente sabe del entrenamiento militar que se recibe en la TAIK-Militia y no es raro que a nuestra gente se le busque para realizar trabajos, pero nosotros tenemos sanciones muy fuertes para quienes se pongan a las órdenes de terceros. —¿Y has tenido conocimiento de que a alguno de ustedes se le haya contactado para hacer trabajos en contra de sistema torbí? —Insisto.
Brewer respira profundo y se pone de pie; por un instante pienso que ya lo hice perder la paciencia, pero cambio de idea al verlo dirigirse a sus generales.
—Salgan todos, de inmediato.
Una vez que quedamos solo los cuatro en el salón, Brewer rodea la mesa y se viene hacia nosotros. En el camino recoge una banqueta, la coloca muy cerca de Aurelia y de mí, se sienta y nos habla con un tono muy discreto.
—Les voy a explicar por qué están ustedes aquí, y con eso creo que van a quedar convencidos de que no tenemos nada que ver con lo que sea que les esté pasando. —Te escuchamos —dice la Petisa. —Cuando Lapo me escribió para decirme que unos torbíes de Paraguaná se querían entrevistar conmigo, ni siquiera le iba a responder; a mí no me interesaba en lo más mínimo hablar con ustedes, pero no había pasado ni un minuto cuando se me ocurrió que podrían ayudarme con un problema al que aún no le encuentro solución. —Ya decía yo —comenta Lapo—. Me pareció rarísimo que respondieras tan rápido. —¿Y cuál problema es ese? —Interrogo. —Resulta que a principios de año un equipo palinarquista nos contactó para solicitarnos apoyo táctico y militar; esa gente quiere tomar el control de unos territorios suramericanos y refundar la República del Paraguay. Según ellos, hay suficiente gente dispuesta a someterse a su autoridad. —Coño, no aprenden —expreso. —Sí, pero bueno, ya hablamos de esa reputación que nos precede, aunque sean mitos y exageraciones, ese tipo de gente cree que somos su solución. —Ahora son los inocentes milicianos —murmura Lapo, al tiempo que comienza a mostrarse interesada en la conversación. —Normalmente, los hubiese mandado a la mierda —continúa Brewer—, pero esta vez decidí sacarle provecho a la situación, le dije a esta gente todo lo que necesitábamos para preparar nuestras tropas y nos han estado enviando montones de recursos, principalmente armamento, equipo militar y mucho dinero. —Eh… ¿Y cuándo llegamos a la parte en que dejas de ser un asesino? —Pregunta Aurelia. —No es lo que piensas; mira esto…
Brewer se saca la camisa para mostrarnos un añejo y mal hecho tatuaje estampado en su pectoral izquierdo. Todo indica que se lo hizo con tinta de bolígrafo, hilo, agujas de coser y muy poca destreza. Lo que a duras penas alcanzamos a ver ahí es lo siguiente:
vP = ∞
—Esto sí que no me lo esperaba —dice Aurelia notoriamente sorprendida, tanto como yo. —¿Y qué tiene de particular eso tan feo? —Inquiere Lapo. —¿En serio, Otis? —Pregunto yo. —Me lo hice en el ’61. —No me ignoren —insiste Lapo encarándonos y notoriamente picada por la curiosidad. —Eso es una ecuación que aparece en la Especificación del JAS Yɛlɛma2, resume el noveno de los principios fundamentales de la plataforma. —Le respondo. —Significa que el valor de una persona es infinito —agrega Aurelia. —Todavía no entiendo por qué les sorprende tanto; sigue siendo un tatuaje feo —insiste Lapo. —Es que ese tatuaje se lo hacían los integrantes de la NY bbAC y a más de uno lo mataron solo por tenerlo —le explico. —Y he aquí uno que se escapó —añade mi compañera dirigiéndose a Brewer—. ¿Es así? —Es así. Yo estaba jovencito, y cuando empezó la represión me fui del Bronx con mi novia que estaba preñada en ese entonces. —¿La mamá de Satoshi? —Interroga Lapo. —Sí, Helen. —¿Y ella aún está contigo? —Indago. —No, Helen fue de visita al Bronx en el ’71 porque pecamos de inocentes y creímos que ya todo estaría olvidado, pero en su segunda noche allá la policía la mató mientras dormía. No se justificaron inventando que opuso resistencia al arresto ni que tenía una bomba atómica debajo de la cama, llegó el momento en que si eras de la NY bbAC tenías que morir y punto. —Y yo creyendo que ya te conocía, Otis Clint Brewer —dice Lapo notoriamente sorprendida por las revelaciones del Funding CEO. —Bueno, el asunto es que luego de toda aquella masacre dejé de creer que el JAS Yɛlɛma fuese una solución viable y me uní a la TAIK convencido de que, como disidentes, podríamos sembrar consciencia en nuestro pueblo para cambiar el sistema. —Nos dice Brewer, cambiando el tono sombrío con que relató lo de Helen. —Otro que quiso reparar la lavadora cubriéndola de flores3 —señala Lapo. —Es así —asume Brewer—. Vine a comprender eso ahora, después de tantos años. —¿Estás insinuando que quieres traer el JAS Yɛlɛma a Conus? —Pregunta Aurelia. —No estamos preparados para tanto, pero sí queremos que nuestra gente vaya aprendiendo a relacionarse horizontalmente y comience a superar la atrofia que le genera el depender de nosotros, sus dirigentes, independientemente de que se trate del liderazgo de la TAIK, del DUP4 o de cualquier otro movimiento. —No tengo problema con debatir ese asunto más a fondo si quieres —comento—, pero antes quisiera saber cómo encajamos nosotros en tu proyecto. —A eso voy —continúa Brewer—. Como les decía, los palinarquistas estos nos han estado dotando de recursos, pero no estamos usando nada de eso para preparar tropas. Casi todo lo recibido se ha intercambiado por material agrícola; la primera etapa de nuestro proyecto es eso, aprovechar las tierras que aún siguen siendo fértiles y que nuestra gente aprenda a cultivarlas. —Parece sensato tu plan —acoto. —Es mejor que vayan concretando —dice Lapo, al tiempo que se pone de pie y enciende un cigarrillo—. Nos tenemos que ir pronto.
Brewer la mira con extrañeza y prosigue:
—El problema que tenemos es que entre nosotros nadie sabe nada de agricultura. Nunca tuvimos que ocuparnos de eso; nuestros muchachos no pueden ingresar a la universidad porque no estudiaron en el Patriot Schooling System. Por políticas de la TAIK no podemos usar dispositivos de acceso a Intermashin, y la PatriotNet5 lo que da es risa. —Creo que por fin entiendo lo que quieres —dice Aurelia—, supongo que las condiciones de ustedes no son la idóneas para adoptar prácticas analimentarias en forma masiva. —Pero si no se conectan a Intermashin no podemos ayudarlos a educarse —advierto. —Yo no confío en la formación a distancia; lo que propongo es que tomen a un grupo de muchachos nuestros para formarlos allá en su torbia. Estoy seguro de que les podremos pagar lo que nos pidan a cambio, en paraeconomía, por supuesto.
Brewer se vuelve hacia Lapo, que luce ansiosa, e intenta calmarla:
—No pongas esa cara; también vamos a pagarte lo que sea que pidas por transportar a nuestra gente.
Sin dar a Lapo la oportunidad de contestar, Otis se pone de pie, nos pide que lo esperemos un par de minutos y sale del lugar. Durante la corta espera, Lapo se deja ver ansiosa, insiste en que concretemos lo antes posible y nos larguemos. En eso estamos cuando regresa Otis acompañado por tres jóvenes.
—Muchachos, preséntense —ordena. —Cabo James Knox Smith por acá. —Cabo Taffilynn Brewer, a la orden. —Cabo Donnie Johnnie García-Conejo, para servirles.
En lugar de devolverles el saludo militar, Aurelia y yo nos ponemos de pie para estrechar manos con cada uno de ellos. Son bastante jóvenes, y se nota que no porque hayan hecho terapia agerásica; dudo que alguno de los tres tenga más de dos décadas.
—¿Y tú eres familia de Otis? —Pregunta Aurelia a Taffilynn, mientras la saluda. —Sí, mi señora, tengo el honor de ser hija de mi comandante —responde. —Mejor relájense un poco los tres —sugiere Brewer—. Van a pasar un tiempo con estas personas en yɛlɛma, entre ellos no deben portarse como soldados. —¿En yɛlɛma, mi comandante? —Inquiere Taffilynn. —Sí, hija, ustedes forman parte del primer grupo que viajará allá a prepararse en asuntos agrícolas, parten hoy mismo; yo sé que solo empacaron para este par de días en el campamento, pero la misión es importante. ¿De acuerdo? —Sí, señor —responden todos tres al unísono. —Bien, vayan a buscar sus cosas y esperen en el camión de Lapo.
Una vez que los jóvenes se retiran, Brewer vuelve a su sillón gerencial.
—Bien, amigos, díganme cuánto me va a costar el entrenamiento de los muchachos. Mi plan es que ellos tres sean la avanzada y que ustedes decidan cuándo puedo enviarles un siguiente grupo. —Yo no recuerdo que hayamos aceptado tu propuesta de llevarnos a esas criaturas, Otis —objeta Aurelia. —Mira lo que está pasando —añado—: vinimos a indagar sobre Rufas y vamos a terminar llevándonos a tu gente, con los riesgos que eso implica. —Te entiendo, Juan, pero no puedes negar que este pedimento y sus motivaciones son un claro indicio de que la TAIK no participó en esos actos de sabotaje. —Bueno, —aclara la Petisa—, la verdad es que sí. Yo me voy convencida de que Rufas no actuó bajo las órdenes de la TAIK, pero igual, Otis, la responsabilidad de llevarnos a estos niños es tremenda. —Y ojo con algo —continúo—, creo que hablo por ambos si te digo que nos parece chévere poder ayudarlos con esto de la formación, pero ponte en nuestro lugar, fue muy inesperado todo y, de paso, nos vamos con la misma incertidumbre que trajimos. —Bueno, si se llevan a los muchachos yo me comprometo a indagar todo lo que pueda sobre Rufas; no puedo prometer nada, pero haré mi mejor esfuerzo por encontrar a las personas con quienes se relacionaba. —Ahora sí nos estás dando algo que nos interesa —manifiesta Aurelia ya más conforme. —Perfecto, entonces hay trato. Nos llevamos a los muchachos y tú nos ayudas con la investigación a Rufas. —Qué lindo todo. ¿Podemos irnos ya? —Apura Lapo. —Deja el pujo, mujer —replica Brewer—, aún no hemos aclarado el costo de entrenar a los muchachos. —Respecto a eso —expreso—, allá en la torbia ellos pueden producir cómodamente el valor de su sustento y el de la formación que van a recibir; eso no les quitará más de unas pocas horas al mes; allá nos encargamos de orientarlos. Págale a Lapo lo suyo y listo. —Serviría que en lugar de dejarnos en Islas Caimán nos llevaras hasta Paraguaná, ¿puedes? —Propone Aurelia. —Sí, y eso es más razón para que nos larguemos de una vez; luego nos arreglamos tú y yo, Otis. —Concluye Lapo.
La despedida no puede ser más corta; el repentino apuro de Lapo no deja tiempo para mucho; abordamos el camión con los tres pichones de milicianos y a eso de las nueve de la noche partimos hacia Beaumont.
Notas
Lengua creole mezcla de uigur e inglés que se habla en Sinkiang, destino común de los refugiados estadounidenses durante los años de la crisis de los 2060.↩︎
El JAS Yɛlɛma es el sistema de organización multitudinaria que da origen a la civilización yɛlɛma.↩︎
Metáfora común con la que se hace alusión al error histórico en que incurrieron durante siglos los movimientos progresistas, sociales, y revolucionarios en general: pretender reemplazar al sistema que encontraban fallido —el JAS Estado— con propuestas ideológicas particulares. Lo único que puede reemplazar a un JAS es otro JAS, la adopción de nuevas ideologías no altera en lo absoluto los mecanismos del JAS en uso, con ello a lo sumo se producirán leves alteraciones de índole superficial y variaciones en el discurso.↩︎
Democratic Unique Party, nombre oficial que adquiere el Partido Demócrata de Estados Unidos luego de ilegalizar al resto de los partidos en dicho país y asumir el control gubernamental durante un período especial de reconstrucción, que ya supera las cuatro décadas. Los partidos ilegalizados, incluido el TAIK, se conocen en el discurso oficial como anti-american parties.↩︎
Red de telecomunicaciones, análoga a la Internet, regulada bajo estricto control del gobierno en Conus.↩︎