Primera conflagración discreta

Martes 16 de noviembre de 2117 ≈21:00:00 UTC

Ibiza

Luego de varios transbordos en la red catavial, Pedro llega a Ibiza en el horario acordado. Una vez ahí se pone en contacto con Torkins y este le da las indicaciones necesarias para encontrarse en un lugar cercano a la residencia de Prins.

—¿Cómo propones entrarle? —Le pregunta Pedro a Torkins, luego de los saludos de rigor. —Es así: en mi crew estamos organizando un par de fiestas; ya consulté con los demás y ninguno tiene problema con darle un par de horas a Prins, entonces lo que le vamos a presentar es una oferta real. —Bien, bien, y ¿yo?, ¿cómo pinto, entonces? —Podemos decirle que eres un compañero del crew, sin entrar en detalles, pero no sé si eso sea suficiente. ¿Puedo saber lo que le vas a preguntar? —Claro, pero tengo que echarte el cuento completo para ponerte en contexto.

De una manera en que yo no lo hubiese podido hacer, Pedro resume para Torkins la historia de estos cinco días; desde lo ocurrido el viernes en Borgoña hasta las últimas comunicaciones en nuestra apoconferencia.

—Entendido —contesta Torkins—, entonces, nada; improvisamos para guiar la conversación hacia su familia. —Exacto; nos interesa, sobre todo, conocer el paradero de Kennet, su hermano menor. —Bien.

Prins vive en una estría multifamiliar en Santa Gertrudis; Torkins se adelanta para llamar a la puerta presumiendo que su rostro puede resultarle familiar al colega.

—¡DJ Torkins! —Exclama Prins. —Temía que no me recordaras. —Pero, por favor, si tus selecciones se cuentan entre mis favoritas. Pasen adelante.

Prins es un corpulento escandinavo; sus high bunches y sus jeans Colorix hacen obvio que sigue con atención las últimas tendencias de la moda. Lo segundo que notan Pedro y Torkins es el sofisticado sistema antiECIPA que los escanea en la antesala; eso es un inequívoco indicativo de que en ese hogar se valora la privacidad.

—Tomen asiento, por favor —invita Prins. —Gracias. Conoce a Pedro, un compañero del crew. —Introduce Torkins. —Un placer conocerte. ¿Y a qué debo el placer de esta visita? —Inquiere Prins, al tiempo que estrecha con firmeza la mano de Pedro. —Te traigo una propuesta —plantea Torkins. —Antes de que me cuentes —interrumpe Prins—, por favor, díganme si se les ofrece algo, tengo variedad en alcohol y otras drogas; también tengo unas excelentes aplicaciones de neuroestímulo. —Yo estoy bien —indica Torkins. —Para mí, un vaso con agua es más que suficiente —pide Pedro. —¡Yael! —Grita Prins— ¡Trae un vaso con agua!

Segundos después se apersona con el pedido una bonita muchacha de tez morena y voluptuosa figura, viste un traje de mucama tradicional de finales del siglo XX y exhibe una perfecta actitud sumisa. La presencia de una profesional de la servidumbre resulta inesperada para ambos visitantes, y poco pueden hacer para disimular su impresión.

—Yo sé que el traje de mucama incomoda e incluso indigna a mucha gente —comenta Prins al percibir el sobresalto de sus visitantes—, pero yo espero que comprendan que se trata de una tradición heredada; además, ella es como un miembro de la familia, ha estado conmigo por más de dos décadas y jamás ha recibido malos tratos, ¿o miento, Yael? —El señorito Prins es un excelente patrón y me siento muy orgullosa de servirle y muy honrada por sus consideraciones.

Al tiempo que escucha la mecánica respuesta de la muchacha, Torkins utiliza su espinal para enviar un breve mensaje a Pedro:

···Ayúdame a mantenernos en el tema de la servidumbre, que por ahí lo vamos a ensartar.

Pedro recibe el mensaje, pero se abstiene de tiquear una respuesta para no ponerse en evidencia; acto seguido, improvisa.

—No pareces oriunda de la isla, ¿o me equivoco? —Expone Pedro dirigiéndose a la joven. —¡Ni de broma! —Acota Prins antes de que la muchacha pueda responder— Yael nació y creció en Jerusalén. A duras penas desertó para huir de la miseria estatal y al poco tiempo tuvimos la dicha de encontrarnos. —Me permito intervenir para resaltar la gran bondad de mi señor —añade Yael. —Es curioso que además te llames igual que la Mélej1 —apunta Torkins. —Pero no tienen nada que ver —aclara Prins— mi Yael es mucho más hermosa. —Disculpa la intromisión, Prins —continúa Torkins—, pero mencionaste una tradición familiar. ¿Acaso tienes algún título nobiliario? Es que siempre me has parecido un tipo humilde, pero con mucha clase, y eso me resulta curioso. —Sí, Torkins, yo procuro no ostentar mis orígenes, pero en efecto, pertenezco a una familia con tradición. —Si me permites reafirmar tu apreciación, Torkins —interrumpe Pedro—, yo noté desde que llegamos que estábamos en presencia de alguien con mucha clase. —¡Ah!, bueno, es que son muchos años de roce social apropiado —explica el aristócrata.

Prins no se esfuerza en ocultar su orgullo de clase, eso quizá ayuda a que no note cuál es la intención oculta detrás de la zalamería de sus visitantes.

—En fin, dime cuál es la propuesta que me traes. —Le pide Prins a Torkins. —Bueno, como ya bien sabes, en el crew nos tomamos las fechas decembrinas muy en serio y estamos organizando varios eventos; en nuestro permanente afán innovador, nos pareció buena idea invitarte a pinchar en un par de nuestras fiestas. —Caramba, me honra la propuesta, pero debo serte sincero: ciertos compromisos familiares me lo impiden. —Pero no te he mencionado las fechas. —No, no se trata de eso; es que en mi familia se ha impuesto una norma de discreción que debo respetar, y la violaría figurando en eventos como los que propones. —Solo he visto precauciones sociales con tanto nivel de detalle en grupos parentales de importantes marcatenientes —indica Pedro. —¡Ja, ja, ja!, es que la clase es imposible de ocultar. —Dice Torkins, entre cortas carcajadas. —Definitivamente, es algo con lo que se nace, ¡ja, ja, ja! —Celebra Prins con el orgullo cada vez más recrecido. —La verdad es que yo conozco poco sobre personas influyentes en las regiones del norte europeo —continúa Torkins—; no obstante, ahora que hablamos del asunto, no puedo negar que me intriga el origen de la noble sangre que corre por tus venas, pero no te sientas obligado a decir nada, es mera curiosidad. —Solo voy a decir una cosa —ya Prins no se contiene—, según la opinión de muchos, mi padre es también el padre del mundo yɛlɛma, sácalo por ahí. —¡Eres hijo de Dag «Spaka» Kamprad! —Exclama Pedro fingiendo sorpresa. —¡Ja, ja, ja!, yo no he dicho nada, que conste… —Es que no podía ser de otra manera. El aporte de tu familia al bienestar global es invaluable. —Complementa Torkins. —Es verdad —agrega Pedro—, porque no es solo Dag; ustedes, sus hijos, poseen las mismas virtudes. —Mira, amigo mío —dice Prins, ahora con tono más grave—, yo renuncié voluntariamente al legado familiar y cedí mi lugar a mis hermanos. Solo por eso ellos están empezando a destacar en el mundo del branding. Si yo no me hubiese apartado, el tonto de Kennet no fuese nadie… ¡Una cerveza, Yael! ¡Muévete! —Esta juventud es una porquería —sentencia Pedro—, no sé qué va a ser del mundo una vez que caiga en sus manos…, de verdad. —Eso se lo he dicho millones de veces a mi padre —continúa Prins, ya notoriamente alterado— ¿Y tú crees que me escucha? —Es que los jóvenes de ahora son unos manipuladores —insiste Pedro. —Sí, y eso es lo que pasa. Mi hermano Kennet anda en muy malos pasos y mi padre se deja manipular por él; no lo entiendo. —Yo estoy seguro de que si hablas con Dag entrará en razón —sugiere Torkins. —Mira, Torkins, yo mismo le presenté pruebas a mi padre de que las juntas de mi hermano en Leknes son perjudiciales para la familia. ¿Y tú crees que me hizo caso? Ya yo no puedo hacer nada más. —Relata Prins luego de beberse la cerveza entera de una sola empinada. —Ni te pregunto en qué anda metido tu hermano —dice Torkins fingiendo no querer saber. —Mi Señor —interviene Yael—, no quisiera interrumpirle, pero… —¡No me interrumpas, entonces! —Grita Prins.

La situación se torna tensa, Yael mira al suelo, ofrece disculpas y comienza a retirarse, pero un leve gesto de Prins y un fugaz cruce de miradas entre ambos deja ver a los visitantes que se están diciendo algo a través de sus espinales. Fuese lo que fuese, súbitamente Prins se calma y se dirige a ellos una vez más.

—Amigos míos, he tenido muy mala semana y temo que los he utilizado para drenar, me disculpo por eso. —No pasa nada, amigo —contesta Pedro—. Mejor te dejamos para que descanses, ¿está bien? —Sí, ¿cómo no?; se los agradezco. —Un placer haberte visto, Prins —se despide Torkins—, y la propuesta sigue en pie. Si en algún momento reconsideras, me llamas y discutimos las fechas. —Estoy muy agradecido por tu oferta, de verdad.

Yael es quien guía a los visitantes hasta la puerta, una vez afuera y ya a cierta distancia del lugar comparten discretamente sus impresiones.

—Así que esta juventud es una porquería —cita Torkins a Pedro—, por poco me cago de la risa cuando dijiste eso. —Tú sabes que esas frases absurdas nunca dejan de funcionar. —Sin duda. Supongo que ahora vas a investigar sobre las juntas en Leknes. —Exactamente, ya voy a pedir ayuda con eso. ¿Quieres estar al tanto? Te puedo incluir en la apoconferencia permanente que tenemos para tratar este asunto. —Por supuesto, ya me metiste en tu lío, y si vas a Leknes, te acompaño. —Coño, perfecto, vale. —Entonces, vamos a mi casa para que hagas tu conferencia desde allá. —Hecho.

Notas
  1. Máxima autoridad política y religiosa en el Estado de Gran Israel, cargo que ejerce Yael Rosenbaum, quien es a su vez la máxima autoridad dentro del partido político Hijos de Ben-Gurión.↩︎

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