Primera conflagración discreta

Domingo 21 de noviembre de 2117 ≈11:50:00 UTC

Tokio · mina de Matsuo · Margarita · Choroní · Paraguaná · Caracas · Popenguine · Estambul

Para variar, hace frío. Por suerte hice caso al consejo de Andrés; cuando pasé por la estación de Shinjuku, en Tokio, compré una SPT1 de las que cubren hasta el cuello y me la puse debajo de la ropa en uno de los privados del pentatrén que me trajo hasta la mina de Matsuo. Entro al gran salón donde se presentan los participantes en el festival; aunque el lugar es cálido, no me quito el gorro de lana que adquirí junto con la SPT, más bien lo ajusto para que me cubra hasta los párpados, procurando así ser menos identificable.

···Ajá, Juan —dice Jonathan en casa de Augusta—, ubícate en un lugar donde puedas ver a la mayor cantidad posible de gente. Aquí estamos analizando tu senstream con software de reconocimiento biométrico; si la Mikiko anda por ahí, seguro la precisamos. ···Yo también estoy haciendo análisis a tu senstream —añade Andrés—, así que trata de no dejar la mirada fija en un solo sitio. ···Trataré, trataré.

Doy un vistazo alrededor y elijo situarme en un punto relativamente discreto de la ancha escalinata que lleva al altillo de los bares. Lamento un poco no poder disfrutar bien del espectáculo, pero importa más que concentre mi recorrido visual en el público asistente. No obstante, de cuando en cuando doy un vistazo para admirarme en la complejidad, belleza y colorido de las obras de arte que se exhiben.

···Yo no entiendo por qué tienen que hacer eso completamente desnudos —reclama Donnie—; es decir, podrían al menos cubrirse los genitales.

Lo que ocasiona esta pudorosa reacción en el joven miliciano es el fugaz, pero suficiente vistazo que doy, y que consecuentemente transmito, a una participante cuyo tatuaje muestra un torrente de capullos que emerge de su vagina y se desplaza por su piel; a medida que avanzan, los capullos abren en flor, y tan refinado es el detalle de la obra que hasta se observan insectos polinizándolas. Ya en los puntos más lejanos de la vagina, al final de las extremidades y en su rostro, las coloridas flores pierden sus pétalos, se van marchitando y se desvanecen.

···Tranquilo, Donnie —alega Michelle a su pupilo—, ese tipo de cosas ya no te escandalizará a la vuelta de siete u ocho décadas. ···Díselo a Jonathan —interviene Gusmen—, que a sus catorce décadas no ha dejado de ser pacato. ···Yo no sé de dónde sacas tú esas idioteces; yo jamás he sido moralista. —Replica Jonathan algo alterado. ···Por favor…, —dice Augusta con tono impaciente. ···¡Ja, ja, ja! ¡Ya mi autómata los conoce! —Exclama René. ···La tengo. —Interrumpe Andrés. ···La tenemos, está allá donde comienza la tercera pasarela. —Corrobora por su parte Rubén. ···Correctamundo, ahí mismo. —Reconfirma Andrés.

Regreso la mirada al lugar indicado y, en efecto veo a la inocente y dulce Mikiko con cara de emoción ante el espectáculo. Inmediatamente, me encamino hacia ella, pero Pedro me frena.

···Espérate, Juan, quédate donde estás. Calma.

La advertencia es válida. Me detengo en seco, modero mi necesidad de confrontar a la canalla y en fracciones de segundos recupero la objetividad.

···Tienes razón, da la impresión de que espera por algún participante en particular, solo fija su atención en quienes van saliendo a la pasarela. ···A eso me refiero —confirma Pedro. ···No la pierdas de vista —sugiere Jonathan, redundantemente.

El poco tiempo que he estado en el lugar ya me permite comprender cuál es la dinámica del evento: hay tres pasarelas, cada una tiene cerca de un metro de altura, y están dispuestas de manera tal que confluyan al final en un espacio común. Algunos participantes se quedan un rato en el salón compartiendo con los asistentes cuando finalizan su recorrido; otros vuelven de inmediato tras bastidores para descansar y eventualmente salir de nuevo a exhibir sus obras2.

···Ajá, ahí va, está siguiendo a alguien —observa Gusmen.

Efectivamente, Mikiko camina a un lado de la pasarela siguiendo a alguno de los exponentes; aunque en su rostro se dibuja una expresión de admiración y alegría, no me fío: dudo que asista al evento solo para disfrutar del espectáculo.

···Hay tres personas recorriendo la pasarela, no logro diferenciar a quién está siguiendo —digo desde la escalinata. ···Creo que a la tipa alta de los dreadlocks —conjetura Yrene. ···¡Uf!… Sí… Una diosa de ébano… —Murmura Andrés. ···Hermosa —añade Pedro. ···NTLVAC3 —zanja su esposa. ···Ya la vi, la del tatuaje estilo Tingatinga. Voy a esperarla al final de la pasarela. —Anuncio. ···Sé discreto, Juan; dale sin ansiedad. —Recomienda Carlos.

Camino en la dirección indicada y, tratando de quedar fuera del campo visual de Mikiko, me detengo a unos metros del final de la pasarela que recorre la imponente mujer. Me resulta relativamente sencillo mimetizarme entre la multitud, pues esta es el área donde hay más personas.

···Isina Kilama —interviene Aurelia—, así se llama esa exponente; la estoy viendo en el directorio del evento, su tatuaje se llama Rangi ya Edwad Saidi.

Instantes después continúo y me abro paso entre la gente al ritmo que me permita alcanzar a Isina justo antes de que lo haga Mikiko. Cuando la exponente baja el último escalón, me veo obligado a imprimir algo de velocidad y dar un último y elongado paso para interrumpir el paso de la potencial atacante. En ese instante, tropiezo accidentalmente con Isina y, mientras impido el paso a la diminuta asiática, miro por sobre mi hombro y balbuceo un excuse me al que Isina contesta con amable sonrisa. Torno mi rostro de vuelta a Mikiko y por fin experimento el tan ansiado placer de verla sorprendida. La isleña intenta rodearme un par de veces, pero me muevo para que no lo logre. Supongo que por no querer llamar la atención, me saca la lengua, da media vuelta y se aleja. Volteo hacia Isina que está a un par de metros; aunque conversa con alguien, me mira fijamente manteniéndose sonriente. Por un breve instante se despeja el espacio que nos separa, e Isina queda expuesta de cuerpo completo y a corta distancia en mi campo visual, el primero en reaccionar es Andrés.

···¡Coño!… No, no… Ahí pareciera que… como que… o es un… le cuelga como… ¿Eso es un pene? ¡Qué asco! ¡Apaga! No me parece que… ···Andrés —Interrumpe Augusta en forma tajante— Como moderadora de este grupo es mi deber advertirte que tu prejuiciada actitud está fuera de lugar, te pido que no continúes. ···Muchísimas gracias —dice Carlos de inmediato. ···Ajá, bueno, su perfil dice que es NDS/H95FR504, pero no me pareció relevante mencionarlo —responde mi compañera. ···No lo era, en lo absoluto —reafirma la autómata. ···No me jodas, pudiste advertirnos —reclama Andrés. ···Niños, dejen su pleito para después. ¿Podemos hacer algo para no perder a Mikiko? —Increpa Yrene. ···Negativo —contesta Rubén—, no hay ECIPA utilizable en ese salón, estoy monitoreando solo por fuera; si sale del edificio, quizá nos enteremos.

Creo que para todos es obvio que lo pertinente es seguir a Isina y no a Mikiko; asumo eso, pues nadie me reclama que haya dejado ir a la nipona y ahora me dirija hacia la artista del tatuaje. Apenas me acerco a ella, Isina se excusa con las personas que en ese instante le expresan su admiración, me toma del brazo y guía mis pasos hacia la salida de participantes. Su cálido y animoso interés me desconcierta un poco, presumo que podría haberme confundido con alguien más. Mientras caminamos me muestra la palma de su mano para que escanee un bokode con su path, de inmediato enlazo con ella y la saludo.

···Hola, Isina, primero que nada, déjame felicitarte por tu obra, es hermosa —no exagero. ···Muy amable de tu parte. Y ¿cuál es tu nombre? ¿De dónde eres? ···Yo me llamo Juan; vengo de la península de Paraguaná. —Entonces, hablas castellano; obviemos el aparato, por favor.

En ese instante los torniquetes que dan paso hacia el área privada del recinto se abren para ella e inmediatamente para mí; asumo que mientras nos presentábamos solicitó se me permitiera el acceso a ese lugar cuyo acceso está reservado para los exponentes.

‐··Y tú, ¿de dónde eres? ‐··Nací en Hombori Tondo, pero he vivido en Harare por un par de décadas ya. ‐··Ah, bueno, si hablamos de lugares de nacimiento, yo nací en la ciudad de Caracas. ‐··Igual, estás más lejos de tu casa que yo de la mía. ‐··Sí…, oye, dime algo, ¿tú eres torbí? ‐··No, no, no lo soy. ¿A qué viene la pregunta?

Aunque me veo tentado a contarle la historia desde el principio, me abstengo. Atravesamos el ancho pasillo con espejos dispuestos de lado y lado para que los exponentes revisen sus obras de arte corporal.

‐··Es un cuento largo, mejor lo dejamos para luego. Lo que sí debes saber es que ahora, cuando te tropecé, se intentaba aproximar a ti una muchacha que días atrás me plantó un dispositivo de escucha. Mi gente y yo tenemos la certeza de que ella es corresponsable de ciertas agresiones en contra de varias torbias, pero siendo objetivos no tenemos plena certeza de que estuviese acercándose a ti para plantarte algo. ‐··Bueno, igual me alegro de que hayas intervenido; de otro modo no estuvieses aquí conmigo… Pero, no, definitivamente no soy integrante de ninguna torbia, ni siquiera en forma parcial.

Finalizado el pasillo, llegamos al área de descanso de los exponentes: una sala con sofás y sillones de todo tipo. Isina me invita a tomar asiento y, aún con su amplia sonrisa, me mira fijamente y de golpe apaga por completo su tatuaje dejándome perplejo ante la tersura de su piel al natural. Pese a que siempre estuvo completamente desnuda, reacciono tal y como si en ese instante se hubiese despojado de toda su vestimenta ante mí. Movido por una incoherente necesidad de proteger su privacidad, corto el senstream hacia casa de Augusta. Las quejas no se hacen esperar.

···Hermano, estamos tratando de resolver; reinicia la transmisión, por favor. —Reclama Jonathan. ···Dame un minuto —le pido. ···Juan, estás actuando por pudor ajeno —dice Aurelia—. Transmite la cosa para que estos hagan bien su análisis, que la Mikiko puede seguir por ahí. ···Pero qué importa si apaga unos segundos…, —esgrime Andrés con un dejo de desprecio.

Mientras ese fugaz debate se sucede en casa de Augusta, me rasco la barba para aparentar ante Isina que solo estoy pensativo, pero no soy muy bueno fingiendo.

—¿Estás en línea con alguien? ‐··Eh… sí, es que estamos tratando de localizar a la muchacha. —Yo escuché algún comentario sobre esos ataques en contra de ustedes, pero la verdad no puse mucha atención. Es grave el asunto, ¿no? ‐··Bueno, ha muerto gente, por eso me tranquiliza saber que no eres torbí; quizá esta niña te estaba persiguiendo por otra razón, quizá es solo que en verdad admira tu obra. ···Juan, recuerda que ya tenemos razones para creer que el peo no es solo con el Sistema Torbí —señala Norberto desde casa de Augusta.

La aclaratoria del compadre genera un instante de silencio colectivo que inmediatamente interrumpe Gusmen.

···¡Juan, corre con todo lo que des hacia la terminal catavial!

Sin aún entender lo que sucede, me pongo de pie, beso a Isina en la mejilla, le hago una seña indicándole que en breve la llamo y salgo a la carrera hacia la salida del edificio.

···¿Qué pasó? —Pregunto mientras me abro paso entre la multitud. ···La tipa salió corriendo hacia la terminal —contesta Rubén—. Esa sabía que al salir íbamos a verla y calculó moverse en el último instante para alcanzar el pentatrén de las once de la noche a Tokio y dejarte atrás. Tienes cincuenta segundos para llegar y alcanzarla.

Corro como el demonio y llego a tiempo. Una vez en el pentatrén, mientras recupero el aliento, llamo a Isina y le explico el porqué de tan intempestiva partida.

···Como sea, fue todo un placer conocerte, negra; espero podamos juntarnos otra vez en mejores circunstancias. ···El placer es mío, Juan y, por favor, mantenme al tanto de lo que suceda. ···Por supuesto, estoy obligado a hacerlo; aún no sabemos por qué Mikiko quería acercarse a ti, así que, entre tanto, sé cautelosa ante cualquier extraño. ···Así será, Juan.

Cuando cierro la llamada con Isina regreso a casa de Augusta y empiezo a recorrer el tren en busca de Mikiko. El viaje a Tokio es corto; si no la encuentro pronto, la perderemos. Recorro el tren de punta a punta, pero no tengo éxito; la astuta mujer supo cómo ocultarse durante el viaje. Llego a la estación de Shinjuku y con cierta angustia intento salir entre las primeras personas, a ver si la atajo en la salida.

···Nos jodimos, Juan. Esa estación tiene un montón de salidas; la perdimos, olvídala. —Sentencia Andrés. ···En verdad, está difícil —confirma Rubén—. Incluso, si la pillamos en ECIPA no creo que tengas chance de alcanzarla. ···Y otra cosa importante —interviene Jonathan— ¿Qué vas a hacer si la encuentras? ¿La vas a secuestrar? Esta persecución nunca tuvo mucho sentido. ···Bueno —respondo—, primero que nada, la actitud que asumió cuando me vio confirma que en efecto fue ella quien me plantó el dispositivo de escucha, no teníamos certeza de eso. Y segundo, tenemos a Isina como posible objetivo de los ataques; si dilucidamos por qué ella, quizá podamos entender mejor a los røkkesen. ···Eso asumiendo que Isina fuera un objetivo; de eso no estamos seguros, pero bueno, es verdad que no fue del todo infructuoso el asunto. —Agrega Jonathan. ···Amigos, estoy chequeando en cipr, y adivinen qué: Isina es esposa de Maya O’leatayounde —informa Yuca. ···¡Qué bolas que no vimos eso! —Se excusa Gusmen—. Jonathan, Rubén, ¿qué está pasando? ···Tranquilo, amigo, yo estoy aquí para ayudarlos. —Replica Yuca con honesta humildad. ···Estabas muy callado, Yuca; no sabía que estabas pendiente de la conversa —comento. ···El desconocimiento en torno a quienes están o no en línea no fuese un problema si utilizaran los habitáculos apoespaciales que dispuse para ustedes —apunta Augusta melodramáticamente—, pero en cambio han preferido limitarse al intercambio de audio, imágenes y texto. ··· Augusta, a nadie le gusta tu Habbo; no insistas —gruñe René.

La conversación transcurre mientras recorro las zonas aledañas a la estación con la remota esperanza de encontrar a Mikiko. Después de un rato debatiendo la relevancia de que Isina sea compañera de una conocida y reconocida mujer de ciencia, siento un tirón en la manga que me obliga a voltear: es Mikiko sin su habitual sonrisa, con un cabeceo me indica que la siga, al darme la espalda asoma sobre su hombro derecho la palma de su mano izquierda con un bokode.

···Te cagaste en mi vida, imbécil.

Esas son las primeras palabras que escucho en la perfecta voz castellana sintética de la isleña, justo luego de enlazar con su path. Como no he dejado de transmitir mi senstream a casa de Augusta, todos ahí se enteran de lo que sucede.

···No seas confiado, Juan —advierte Andrés—, te van a venir jodiendo… otra vez···Bueno, si lo quisiera joder ya lo hubiese hecho; síguela a ver qué se trae. —Sugiere mi compañera. ···Sí, sí, síguela a ver —reitera Pedro.

Siendo que coincido con ambos, me dejo guiar. Cambio a modo silente la casa de Augusta, pero sigo transmitiendo. Ya libre de posibles distracciones, intento dilucidar las intenciones de la muchacha.

···¿A dónde me llevas? ···Vamos a mi casa. ···¿Por alguna razón en particular? ···Porque contigo a mi lado tengo mejores probabilidades de evadir a cualquier aposesor que me quiera joder. ···¿Te refieres a evadir a los røkkesen?

Ante esta pregunta, Mikiko desacelera un poco, se pone a mi lado, me mira al rostro y dice:

···Ustedes no tienen idea de nada. ···Ilústrame, pues. ···Los røkkesen son unos tontos a los que manipuló la gente que me contrató. ···¿Qué gente? ···No lo sé, fueron tan discretos como la mayoría de mis clientes. ···¿Y qué hiciste? ¿Los estafaste? ···Hubo algo que no quise hacerles y me insinuaron que podría morir accidentalmente si les volvía a fallar. Cuando evitaste que le plantara el dispositivo de escucha a Isina, cortaron todo contacto conmigo; asumo que están resolviendo cómo cumplir su promesa. ···Qué personajes tan estrictos esos con los que te relacionas… ···No me das nada de risa.

Llegamos a un edificio llamado Hotel Avyss localizado a pocas cuadras de la estación; una vez dentro resulta obvio que el lugar hace rato dejó de ser un hotel. Supongo que el ascensor identifica a Mikiko porque sin preguntar nos lleva al tercer piso; cuando la puerta de su pequeño apartamento se abre y las luces se encienden, me doy un susto tremendo al ver a un tipo sentado en una esquina:

—¡Coño! —Exclamo al tiempo que doy un salto hacia atrás. ···Tranquilo —dice Mikiko usando su primera sonrisa de la velada—, ese es Momo, lleva décadas apagado. ···Ustedes y sus androides… Me diste el susto de mi vida. ···Siéntate mientras recojo mis cosas.

No le hago caso y me quedo de pie mientras acomoda su ropa y otros artículos en un morral de montañismo.

···¿Te vas de viaje? ···Tengo que largarme. ···¿Y no es más seguro que te quedes aquí? ···Ya nada seguro existe para mí, gracias a tu imprudencia. ···Lamento haber evitado que jodieras a alguien más para evitar que te jodieran a ti… ···Me resbala tu sarcasmo. ···Como yo lo veo, ahora estamos del mismo lado, mujer. ···Yo no estoy del lado de nadie. ···Si tú crees que puedes resolver sola…

Mikiko deja lo que está haciendo, se sienta al borde de la cama, apoya los codos en sus rodillas y se cubre el rostro con las manos.

···Estás asustada. ···Mucho. ···¿Cómo crees que podrían venir a matarte? ···Yo creo que esa gente tiene aposesos durmientes5 por todos lados; cualquier hijo de vecina podría voltearse de súbito y clavarme un cuchillo, empujarme a las vías del tren o quién sabe qué. ···Vámonos a una torbia; en el sistema es más difícil que tus amigos hagan aposesión.

No me es difícil imaginar el revuelo que deben haber causado en casa de Augusta las palabras de Mikiko; en pocos minutos se disiparon varias de nuestras dudas, pero decido indagar un poco más antes de volver y debatir estos hallazgos con los demás.

···Háblame de Santie Mendoza. ···¿Quién? ···Santie Mendoza, presunto suicidio en Santa Cruz de la Sierra, ¿tú lo aposeíste? ···Yo no hago aposesión, solo hago espionaje e intrusión. ···No es mucha la diferencia —exagero. ···¿Estás loco? Hay una gran diferencia, eso es algo en lo que yo no me meto; de hecho, me amenazaron de muerte justamente por no ayudarlos a producir espinales con codificación motora. ···Pero sí conoces el caso de Mendoza… ···Sí, él es de los primeros a quienes les puse escuchas, igual que a los røkkesen; a él también lo utilizaron mis empleadores. ¿Dices que está muerto? ···Sí, un suicidio que no nos convence mucho. ···En qué lío me metí yo… ···Y Maya O’leatayounde, ¿está también en tu lista? ···No sé quién es esa. ···Hum… Vamos a hacer algo: duerme un rato, y cuando amanezca decides qué hacer; mi oferta de irte a una torbia sigue en pie, pero sea lo que sea que decidas me parece prudente que antes descanses y te calmes un poco. ···Lo más que puedo ofrecerte es aquel sillón —dice señalando el mueble que está junto a Momo—; descansa tú también.

Aunque es pequeño, sé que dormiré sin problema donde Mikiko me invita a hacerlo. Ya estando ahí sentado, lo primero que hago es llamar a Isina para reiterarle que está en riesgo y que quizá Maya también lo esté.

···Eso se me había ocurrido; hay bastante polémica en torno a ella y su obra. —responde Isina refiriéndose a su conyuge— Ya la voy a llamar para ponerla al tanto, en un par de horas salgo de regreso a Harare, ella está allá. ···Bien, yo voy a dormir un rato, pero déjame saber cuando estés en tu casa. ···Seguro, Juan.

Finalmente, entro otra vez en casa de Augusta y, como lo presumí, el alboroto es mayúsculo. Al verme de vuelta, es Yrene quien primero se dirige a mí.

···Juan, ¿qué tan creíble te parece a ti eso de que los røkkesen no son realmente a quienes enfrentamos? ···Mikiko parece convencida de que es así, pero no descarto que esté tratando de manipularme; no confío en ella. ···Al margen de la credibilidad de la isleña —observa Dumas—, a mí me parece coherente lo que dice, porque me cuesta ver a los røkkesen como únicos responsables de los ataques en contra del Sistema Torbí y de las agresiones a personajes tan disímiles como Rufas, Otis, Abdón, Santie e Isina. ···Concuerdo con Dumas —añade Pedro—, vale la pena considerar que estemos enfrentando a una gente mucho más peligrosa de lo que creíamos. ···Y lo que sí está claro es que definitivamente la agresión no es exclusivamente en contra del Sistema Torbí. —Complementa Michelle. ···A mí ya no me da la cabeza para nada —respondo ya cansado—. Voy a dormir un rato, pero antes díganme, ¿Taffi se ha comunicado? ···Sí —contesta Aurelia—, anda con Lucía, Gisela y Yu. Llevan toda la noche buscando a Crombie en Aksu; dijo que nos avisa cuando tenga alguna novedad. ···Chévere —concluyo—, me voy a recostar un rato, entonces. ···Que descanses, amor —me dice la Petisa. ···¡Ay sí!, amorcito, que descanses —dice René con tono burlón. ···Espero que la Mikiko no te degüelle mientras duermes, amorcito —me advierte Andrés.

Notas
  1. Segunda Piel Térmica: unitardo de tejido nanobótico transparentable cuyo espesor es de 2 micrómetros. Según se requiera, puede cubrir parcial o totalmente el cuerpo (siempre exceptuando boca, orificios nasales y ojos). Alguien vistiendo esta sola prenda puede soportar temperaturas cercanas a los -30 °C. La SPT también sirve para disipar el calor corporal cuando la temperatura externa es elevada.↩︎

  2. Nota del autor: lejos quedaron los tiempos en que para eventos de este tipo era socialmente aceptable la presencia de jueces, que a partir de criterios estandarizados o personales calificaban como mejores a cierta minoría de participantes, otorgándoles premios y galardones. Tal práctica hoy día se considera absurda y hasta barbárica, al menos en las regiones yɛlɛma.↩︎

  3. Acrónimo olvidado con el que se abrevia la frase No te la vas a coger.↩︎

  4. Esta declaración de sexualidad en codificación NDS expresa que se posee sexo biológico 95 % hembra (H95), género sexual 100 % femenino (F) y rol sexual versátil (R50).↩︎

  5. Un aposeso durmiente es aquel que desconoce su condición y es ya susceptible de ser controlado por un aposesor, pero no lo sabe.↩︎

Añadir una anotación al texto seleccionado
Ver código QR del hiperenlace al texto seleccionado
• Mover el señalador hasta el bloque de la selección
• Copiar el texto seleccionado al portapapeles
• Copiar hiperenlace a la selección en el portapapeles

: