Lunes 22 de noviembre de 2117 ≈05:00:00 UTC
Aksu · Margarita · Paraguaná · Shanghái
···¡A despertarse, que surgió algo urgente! ¡A despertar!
Así irrumpo en casa de Augusta, siendo la una de la madrugada en Paraguaná y las dos en Caracas e isla Margarita, presumo que todos estarán durmiendo.
···No creo que tengas mucho quórum a esta hora, Juan —dice Dumas coincidiendo con mi presunción. ···Eso me temo. ···¡Pero si son apenas las dos de la madrugada! —Exclama Jonathan en respuesta a nuestra errada conjetura. ···Yo no sé quién duerme a esta hora… —añade Yuca con tono sarcástico. ···¿Qué pasa, Juan? —Inquiere Aurelia denotando desconcierto y somnolencia a la vez. ···Pasa que por estar despiertos se acaban de ganar la lotería tú y Yuca —respondo. ···Yo no estaba despierta… —Aclara Aurelia. ···Bueno, la cosa es que creo que hay que ir a Santa Marta lo antes posible. Les cuento lo que acaba de pasar a ver si coinciden conmigo.
Acto seguido, resumo para los pocos presentes la conversación que recién sostuve con Estrada y O’leatayounde.
···Coño, Juan, ¿tienes idea de la envidiable situación en que te encuentras? —Apunta Dumas mostrándose algo admirado. ···De verdad —recalca Yuca—, debe haber millones de personas deseando poder entrevistarse con Resurrección en su claustro y aunque Maya es un poco más abierta tampoco es que cualquiera hable con ella. ···Y al mamarracho este lo llaman ambas, nada más y nada menos —concluye Jonathan. ···Yo supongo que hicieron tin marín para decidir a quién de nosotros llamar, no veo cuál es el privilegio. ···Claro, Juan, pero… ···Bueno, ya —interrumpe Pedro a Jonathan—. Dejemos los chismes de farándula para luego. Juan, ¿ya vas de vuelta a Tokio? ···Sí, ya estoy en la terminal; Taffi se vino conmigo. ···Volviendo a lo otro —interviene Aurelia—, yo creo que lo más obvio es hacer el viaje a Santa Marta. ···Yo también pienso que no nos queda de otra —agrego—; les paso la dirección exacta, es en unas oficinas de la Marina de Chengue. ···Perfecto —acepta Yuca—, dentro de un rato le escribo a la gente del Carcará para que estén preparados antes del amanecer. ···¿Y si están en altamar? —Inquiere mi compañera. ···No te preocupes —responde Yuca—, yo hice un proyecto para todo este asunto en el vectorbis de la torbia e incluí al Carcará entre los recursos, y a su tripulación entre los ejecutantes. Quería que estuvieran al pie del cañón en caso de que se presentara la necesidad. ···Eres un visionario, hermano —apunta Jonathan. ···Buena esa —añade Pedro. ···Perfecto —conviene mi compañera—; intentaré dormir un rato más, me confirmas la hora, Yuquita; nos vemos en cabo San Román. ···Eso. Te confirmo cuando Nara o alguno de los muchachos contesten. ···¿Y se van a ir ustedes dos nada más? —Indago algo preocupado. ···Tranquilo, seguramente seremos los cinco —informa Aurelia—. Ten en cuenta que los del Carcará van a estar ahí también. ···Es verdad —admito no muy convencido—; igual estén pendientes. ···En serio, tengan mucho cuidado en Santa Marta —insiste Dumas—. Llámenme prejuicioso, pero la experiencia me ha enseñado que la gente con obesidad artificial tiende a ser muy soberbia y hasta violenta. ···¿Tú conoces al tal Maximiliano? —Pregunta Pedro a Dumas. ···No personalmente, pero el tipo es un marcateniente conocido y he escuchado bastante de él, e investigando sobre la muerte de Mendoza supe que eran grandes amigos, aliados. ···¡Ah!, pero haberlo dicho antes —machaca Aurelia—, entonces Lapo debe saber de él. La voy a despertar para preguntarle. ···Bueno, arréglense ahí; ya Taffi y yo estamos abordando el pentatrén, voy a coordinar con ella lo que vamos a hacer. De más está pedirles que transmitan en vivo desde Santa Marta. ···Seguro —acuerda Yuca. ···Oye, Juan, le das mis respetos a la profesora O’leatayounde cuando la veas —clama Dumas, tímidamente. ···¿Y ella sabe quién eres tú? ···Claro que no… ···Muy bien… Apenas la vea le voy a decir que un desconocido le envía saludos desde su geltub en Shanghái. ···Ay, Juan, no seas grosero —objeta Aurelia. ···Déjalo, está bien; déjalo que me joda; yo después lo agarro —replica Dumas sin esforzarse en ocultar lo ficticio de su tono amenazante.