Capítulo V
—Quizá tú crees que eso es un astavakrasana, pero no, no lo es.
Tal es el señalamiento que hace Abdón al inocente estudiante que osa mirarlo en busca de aprobación durante la práctica de ese día. Sin ocultar su inconformidad, el yogui instructor da la espalda al grupo y camina hacia María que está de pie en la entrada del salón mirando la clase. Sin la menor discreción, imposta más aún su voz al dirigirse a su compañera.
—Se supone que esta es una clase avanzada, pero en el parque infantil he visto a niños moverse con mayor destreza. —¡Ay!, Abdón, ya, relájate. —Apuesto a que todos están haciendo idioteces en el apoespacio durante la práctica; así es imposible concentrarse. —Sé de mucha gente que no tiene problema para realizar actividades físicas y apofísicas simultáneamente y sin ninguna dificultad. —Pues, obviamente, ese no es el caso aquí. —Bueno, pero poco podemos hacer al respecto. —Será que elijan el espinal o el yoga. —Luego podemos evaluar cómo manejar eso. Deja que yo termine la clase; tú vete a preparar lo que nos llevamos a la cabañita, no me quiero ir muy tarde. —Sí, ahí te los dejo, suerte.
Mientras se dirige hacia la habitación donde María y él pernoctan regularmente cuando están en Porvorim, la gran cantidad de niños correteando por el lugar ablanda un poco la tensión manifiesta en el rostro de Abdón. Tanto la habitación como el salón en el que dictan su clase están en un mismo edificio, el que seis décadas atrás dejó de ser la comisaría de policía de la ciudad para convertirse en un espacio comunal. En cambio, la cabaña está fuera de los límites de Porvorim, cerca del lago Anjunem, a un par de horas en bicicleta. La pareja llega ahí casi al mismo tiempo en que cae la noche. Al llegar, María se queda afuera para meditar un rato, Abdón se recuesta en una esterilla y activa su espinal para finalizar algunas tareas de desarrollo de software que tiene pendientes. Un par de horas más tarde ambos se acurrucan en la esterilla para dormir.
Poco después de la medianoche, la pareja despierta repentinamente al escuchar que alguien llama a la puerta. María coloca su mano en el pecho de Abdón para calmarlo y le dice:
—No pasa nada, es Valenska. —¿Y quién es Valenska?
En lugar de responder, María se levanta calmadamente y con un gesto le indica a su compañero que se quede donde está. Él hace caso omiso y camina junto con ella hasta la puerta; al abrir se encuentran a una joven bajita, de gruesa complexión y grandes ojos grises.
—Vengan conmigo —invita Valenska—, por favor. —¿Quién eres tú? —Inquiere Abdón. —Disculpa mi falta de educación —responde la recién llegada—, mi nombre es Valenska Lethaby. —Ajá, y… —Luego te explico —interrumpe María. —Síganme, por favor —insiste la muchacha—, no iremos muy lejos.
Abdón, desconcertado, sigue los pasos de Valenska en quien María parece confiar a plenitud, a quien María parece conocer de antes sin que él, siendo su compañero de muchas décadas, se hubiese enterado.
La joven los hace caminar hasta abandonar el claro que rodea la cabaña; cuando Abdón se dispone a protestar por lo absurdo de internarse en la zona boscosa sin utilizar los senderos, Lethaby se detiene y los insta a ocultarse entre los arbustos, asegurándose de no perder de vista la cabaña que ahora está a unos cien metros de ellos.
—No estaría mal que me explicaran qué mierda pasa —masculla Abdón. —Disculpa el misterio, amigo —apunta la muchacha—. Era necesario salir rápido de tu casita. Por eso.
Cuando dice por eso, Valenska señala a un grupo de seis hombres que en ese instante se acerca con bastante sigilo a la cabaña, la luz de la Luna, en conjunto con la discreta luminaria externa de la casa, permiten ver con claridad el momento en que rodean la pequeña edificación. Coordinadamente, la rocían con algo que en instantes se deducirá es algún tipo de combustible; cada uno de los individuos acciona un soplete portátil y pasados pocos segundos las llamaradas se elevan varios metros.
—¿Quién carajo son esos? —Vocifera Abdón. —De verdad, no lo sé. Solo los vi venir e intuí sus intenciones. —¿Tú vives por aquí?
En lugar de responder, la muchacha señala hacia la cabaña para devolver la atención de Abdón al lugar en el instante en que los seis tipos, una vez más en forma coordinada, se empapan con el mismo combustible que acarrean y se arrojan a la gran hoguera que acaban de encender. Abdón no contiene el impulso de correr al lugar mientras se escuchan los alaridos de dolor y agonía de los inmolados, pero se detiene a pocos metros de las llamaradas al caer en cuenta de que ya nada puede hacer.
Cuando María y Valenska lo alcanzan y, bastante alterado, les dice:
—No entiendo una mierda. —¿Qué sabes tú, Valenska? —Consulta María, quien en cambio nunca perdió la serenidad. —La verdad, no es mucho lo que sé —reconoce la también calmada joven—, los vi venir y no me pareció que trajeran buenas intenciones. —¿Los viste?, ¿dónde?, ¿cuándo? ¿Cómo te les adelantaste? —Inquiere Abdón. —Eso te lo puedo explicar yo —responde María—, pero no ahora. —Exacto —agrega Valenska—. Ahora es más importante que salgan de Goa y se mantengan de muy bajo perfil hasta que sepamos qué es lo que pasa y encontremos una solución porque si aún no lo tienen claro, esta gente vino a asesinarlos a ustedes dos. —¿Y por qué carajo se suicidaron? —Insiste el hombre. —En verdad, no lo sé, amigo. —Ah, no sabes, pero sí sabes que tenemos que salir de Goa… —rezonga él— Y además caminando, porque las bicicletas se achicharraron. —Bueno —comenta María—, a mí me parece que sí hay razones para irnos, al menos hasta tener claro por qué esta gente hizo lo que hizo. —María —dice Valenska—, pásame el path de Abdón para estar en contacto con ambos, y no se preocupen, averiguaremos qué es lo que sucede. —Seguimos en contacto, mahatma —se despide María—. Muchas gracias.
La pareja se separa de la joven y se dirige hacia la estación de tranvías más cercana; un recorrido de poco más de media hora caminando. No pudiendo calmar el torbellino de ideas y emociones que le asaltan, Abdón elige permanecer en silencio. María entiende perfectamente lo que le sucede, pues si bien ella se hace las mismas preguntas que él sobre los incendiarios suicidas, sabe que a él le desconcierta, además, la súbita aparición e intervención de Valenska.