Primera conflagración discreta

Miércoles 17 de noviembre de 2117 ≈09:00:00 UTC

Oklahoma · Texas

—Torbíes, ya viene el peor tramo de carretera, sujétense bien, no quiero manchas de sangre ni de otros fluidos corporales en el camión.

Como yo lo veo, Lapo ya se encariñó con nosotros. Por antipático que suene su comentario, es obvio que vela por nuestro bienestar. Esta vez, Aurelia y yo vamos en la sección de carga del camión; siendo los únicos que no tenemos SSNC, es mejor ir donde somos menos visibles. Ese extra de discreción no es para nada perjudicial. No pasa mucho tiempo antes de que me duerma profundamente.

Habiendo transcurrido ya unas seis horas del viaje de vuelta a Beaumont, cerca de las tres de la mañana, Aurelia me despierta con sumo cuidado y me habla al oído.

—Juan, algo raro sucede; he escuchado varias sirenas y estos cuatro se ven bastante tensos desde hace rato. —¿Y les preguntaste? —No, quería que estuvieras despierto para averiguar juntos. —Eso, eso, mejor.

Me levanto de mi improvisada cama de amarres y lonas para acercarme junto con mi compañera, lo más posible, al frente del camión. En el asiento trasero van Taffilynn y Donnie, James va de copiloto junto a Lapo.

—¿Es normal que se escuchen tantas sirenas? —Indaga Aurelia. —No, mi señora —responde Donnie—. Algo debe haber sucedido; la policía1 se está movilizando de manera poco común.

—Vamos a parar en Shree a recargar baterías. —Anuncia la conductora. —¿El mismo sitio donde cargamos cuando veníamos? —Inquiere Aurelia. —Ahí mismo.

Yo no supe de esa parada, supongo que venía dormido. Pocos minutos después alcanzamos a ver el cartel de la estación de servicio; ahí mismo deslumbra la coctelera de una patrulla que recarga sus baterías. Lapo nos indica qué hacer:

—Hay policías en Shree, pero igual necesitamos recargar; me voy a orillar para que se bajen, torbíes, y se van a quedar quietecitos entre esos árboles a la derecha hasta que yo venga a recogerlos. Escóndanse bien.

Sin dilación, Aurelia coge su morralito y nos bajamos siguiendo las instrucciones. Avanzamos unos metros dentro de la arbolada y nos sentamos detrás del tronco que se ve más ancho. Por alguna razón el frío es soportable.

Al llegar a la estación de servicio, Lapo estaciona en una de las tomas eléctricas. Los dos policías de la patrulla que también recarga los miran llegar, se acercan al camión encandilando con sus linternas, piden a los pasajeros bajar y exhaustivamente escanean los SSNC de cada uno. Acto seguido, el que parece poseer mayor rango saca su pistola, apunta al grupo alineado para la requisa y dice:

—Ahora que nadie se mueva; vimos que dejaron a dos personas ahí atrás, explíquense. —No tengo idea de a que se refiere, señor agente —señala Lapo. —Muy bien, mi compañero va a chequear entre los árboles y si encuentra a alguien tendremos una conversación en la base más cercana.

El segundo policía entiende la tácita orden y camina con rapidez y sigilo los cien y algo metros que hay hasta la arbolada donde Aurelia y yo, ignorantes de lo que sucede, nos ocultamos. Justo cuando me pongo de pie y me alejo dos pasos de nuestro escondite con la intención de mear, el policía llega de súbito y me pone la linterna en la cara:

—No te muevas.

Y no me muevo. El tipo de casi dos metros y prominente panza cervecera saca su pistola, pero la sostiene colgada en su mano izquierda apuntando al suelo. Se me acerca un poco y me indica que estire los brazos hacia adelante; con su izquierda descuelga el escáner de su cinturón y me lo pasa por el dorso de las manos. Al constatar que no llevo SSNC, recita una letanía que parece ser el texto de alguna ley; sus oraciones finales es lo único que alcanzo a comprender:

—Y en virtud de la autoridad que la gloriosa nación americana me confiere, procedo a ejecutar de manera expedita e inmediata su sentencia a pena de muerte que es el castigo mínimo aplicable a esta falta.

Dicho esto, deja caer el escáner al suelo y en medio de la penumbra veo el cañón de su arma cuando llega a pocos centímetros de distancia de mi frente; mi reacción inmediata es la de apartarme moviéndome hacia un lado. Cuando lo hago me doy cuenta de que el cañón no me sigue, sino que el agente se desploma cual si le hubiesen extraído la osamenta. De inmediato me abalanzo sobre el pistolón que ya nadie sostiene y le pongo un pie encima, volteo en busca de Aurelia intuyendo lo sucedido y me doy cuenta de que rodeó el gran árbol donde nos ocultábamos para quedar a un costado del policía. Está en el suelo, semioculta entre arbustos, y aún sostiene la boquilla de la flexatana2 entre sus labios. Vuelvo la atención a mi ahora inconsciente verdugo y veo los dos pequeños dardos clavados en su cuello, justo por donde pasa su aorta.

—No has perdido la puntería, mujer. —Quedé en buena posición para disparar; tuve suerte. —Te debo otra vida, otra más —digo mostrando mi agradecimiento. —Te cobraré en especies —responde mi compañera mientras se levanta—. Revisa a ver si tiene esposas y pónselas para darle el antídoto antes de que se nos muera.

Justo mientras intento sacar las esposas del cinturón del agente, llegan Lapo y los tres milicianos.

—¿Los hirieron, torbíes? —No, estamos bien —respondo. —¿Lo noqueaste? —Yo no, ella —y señalo a la Petisa—. Le metió un par de dardos con curare en la aorta. —Bien hecho; ahora vámonos —apura Lapo. —Espera un segundo, vamos a darle el antídoto antes de que se asfixie.

Apenas me escucha decir eso, Taffilynn hace un veloz movimiento, recoge del piso la pistola que ya no estoy pisando y le dispara tres veces en el pecho al policía. Si no se tratase de una SP3 las detonaciones me hubiesen dejado sordo. Lapo se encoge de hombros y con un cabeceo nos apura otra vez. Desconcertados por la aparente frialdad de la jovencita, Aurelia y yo obedecemos. Al llegar al camión veo en el pavimento cercano un reguerillo con trocitos de lo que parece ser cabello, hueso y masa encefálica, todo sobre un camino de sangre que se pierde debajo del camión. Guiado por la curiosidad, me asomo y veo el cuerpo sin vida de otro policía; le hago señas a Aurelia para que lo vea y con esa impresión abordamos el vehículo.

En principio, ni Aurelia ni yo nos atrevemos a averiguar qué fue exactamente lo que pasó. Aunque no lo decimos, seguramente coincidimos en que no es prudente incomodar a quienes de momento tienen tan buena pinta de asesinos a sangre fría. Un rato después, ya en la vía, escuchamos a Taffilynn sollozar mientras James la abraza y trata de consolarla. Es entonces cuando me dirijo a Donnie y le pregunto qué es lo que está sucediendo; antes de que el jovencito articule palabra alguna, Lapo se adelanta y responde por él:

—Cuando sometimos al policía que viste debajo del camión, le preguntamos qué es lo que originó todo el tráfico policial que venimos viendo y nos contó que cerca de las 02:30 horas de esta madrugada, un ataque con drones destruyó el campamento de la TAIK-Militia en Idabel y que en el ataque fallecieron Brewer, los cuatro generales que vimos con él, un sargento y seis soldados. —¡Mierda, no! —Exclama Aurelia. —Sí. Los muchachos querían devolverse, pero Taffilynn los convenció de continuar y honrar el compromiso adquirido con su padre y, bueno, tampoco es buen momento para estar en aquella zona.

Los otros dos jóvenes se unen al llanto de Taffilynn, incluso, puedo ver por el espejo retrovisor cómo corre un par de lagrimones por las mejillas de Lapo; me ofrezco para ayudarla a conducir y, para mi sorpresa, acepta. Donnie, que venía como copiloto, se pasa a la zona de carga con Aurelia; Lapo ocupa ese lugar a mi lado y solo para de llorar cuando llegamos a nuestro destino en las cercanías de Beaumont, lugar donde está su bote.

Notas
  1. En Conus no se diferencia a la policía de los cuerpos militares; estas fuerzas se unificaron décadas atrás.↩︎

  2. Cerbatana de cuerpo flexible diseñada por Aurelia y utilizada para la defensa de la torbia en los difíciles años de la Crisis de los Cuarenta.↩︎

  3. Silent Pistol, pistola silenciosa.↩︎

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