Primera conflagración discreta

Jueves 18 de noviembre de 2117 ≈04:00:00 UTC

golfo de México · mar Caribe · Paraguaná

—¿Y ustedes habían salido anteriormente de Conus?

Luego de hacerles esta consulta, alterno mi mirada entre los jóvenes milicianos para darles a entender que me sirve la contestación de cualquiera de los tres. Mi intención es romper el silencio de duelo que se ha extendido ya por un buen rato en el camarote en el que viajamos algo apretujados de vuelta a Paraguaná.

—Ellos no —responde Taffilynn—, yo viví con mommy en Sinkiang hasta los ocho años.

En los breves intercambios verbales sostenidos con los muchachos, he notado que se esfuerzan por hablar en castellano y no en spanglish, su lengua nativa; presumo que en algún momento Otis les ordenó comunicarse así con nosotros.

—Ah, ya has estado en yɛlɛma, entonces —acoto. —Sí —responde—; de hecho, mommy también es torbí. —¿En verdad? ¿Y dónde está tu mamá? —Pregunta Aurelia. —Ella vive en una torbia cerca de Tumxuk. —¿Y tienes contacto con ella? —Mi turno de interrogar. —Muy poco.

Al notar la comprensible indisposición para conversar que muestran Taffilynn y los demás, salgo del camarote para ir hasta la cabina del timón y consultarle a Lapo cómo vamos. La leve inflamación en los ojos de la dura mujer evidencia que ha seguido llorando, y me parece que más de lo normal.

—Querías a Brewer —sentencio. —Estoy muy agradecida por las lindas palabras de apoyo y solidaridad que tienes en mente para mí, pero resérvatelas. —En principio, percibí la cosa entre ustedes dos como algo netamente sexual, pero veo que me equivoqué, era más que eso. —Estás indagando…

Claro que indago; tengo el hábito de querer entenderlo todo, tanto lo trascendente como lo banal, y no quisiera finalizar el periplo con Lapo sin tener claro cuál era su relación con Otis.

—Bueno, sí, reconozco que me gusta el chisme. —Mejor lárgate, Juan. —Dime cuánto tiempo calculas que falte para llegar y te dejo en paz. —Ve e hiberna un par de horas; aprovecha que el camarote está en silencio. —¿Te parece correcto que esos muchachos se hayan venido? —Es su decisión, ya están grandecitos. —Quiero tu opinión, no que decidas por ellos. —No sé cómo Aurelia te soporta. —Y tampoco sabes por qué me amas, pero ya me amas. —Es mejor que se hayan venido; los asesinos de Brewer podrían arremeter. —¿Y quién lo mató? —No soy adivina. —Pero tienes tu espinal. ¿Se dice algo? —El gobierno niega toda responsabilidad. —¿Te crees eso? —¿Qué tal si te largas? —¿Nos regresas los TDk para averiguar lo que se dice y avisarle a nuestra gente que vamos en camino? —Al llegar se los devuelvo. —¿Quieres que te dé un abrazo? —Si me tocas te quiebro el pescuezo. —¡Ja! Te hice sonreír. —Sí, solo porque imaginé el hermoso momento de tu muerte. —Llorarías un río si me pasara algo. —Si no te largas le voy a decir a Aurelia que me agarraste una teta. —Tú no tienes tetas. —¡Aurelia! —Chilla. —Te dejo en paz, pues.

Caminando de vuelta al camarote me topo con Aurelia que venía a atender el llamado de Lapo, mientras la hago regresar le explico lo de la teta y le dejo saber que no tendremos los TDk hasta llegar a cabo San Román.

No sé por qué, pero no me duermo. Pasamos el resto del viaje viendo las telenovelas de Lapo, lo que resulta ser más efectivo para distraer a los muchachos, que mi intento de conversación. Transcurridas poco menos de dos horas, Lapo se aparece en la puerta del camarote, le lanza a Aurelia una bolsita de tela y nos dice:

—Llegamos, ahí tienen sus TDk. Llamen a muelle y soliciten un amarre que ese puerto está full; ya les envié los datos de la embarcación.

Conectado al TDk, lo primero que intento es ir a casa de Augusta para avisar que llegamos y ponerme al día, pero lo que encuentro es que fui expulsado de la apoconferencia.

—¿Pudiste entrar a casa de Augusta? —Le pregunto a la Petisa. ‐··Sí, acabo de entrar y… ···Aurelia, no digas nada tú y mantén a Juan en total silencio —le dice Yuca apenas entra en apoconferencia—. Creemos que los røkkesen le plantaron un micrófono al pendejo ese. —¿Y qué? —Le repregunto a Aurelia desconcertado. ···Vamos a abordar para hacerle un bug scan —complementa Harold—. Mételo en un camarote y no lo dejes salir.

Aurelia se coloca el dedo índice sobre sus labios indicándome que guarde silencio, me quita el TDk que recién me puse, me hace sentar y continúa tiqueando, supongo que pide amarre para la embarcación. Acto seguido, invita a los muchachos a salir del camarote e insiste en que yo permanezca ahí. En medio de mi confusión, siento el momento cuando se apagan los motores de la nave, escucho voces afuera, pero no distingo bien quiénes pueden ser hasta que Lapo entra al camarote seguida por Yuca y Harold. Cuando ven mi intención de saludarlos se adelantan y gesticulan lo necesario para mantenerme callado.

Harold se descuelga el morral que acarrea y saca algo como una sábana plateada, la extiende en la cama, me hace acostar sobre ella y la usa para envolverme de pies a cabeza; es entonces cuando caigo en cuenta de que me va a hacer un bug scan. Transcurridos algunos segundos me desenvuelve de la sofocante sábana, me toma por la barbilla y me escudriña con una pequeña lámpara el área entre la nuca y la parte posterior de la oreja izquierda; saca una pinza de su morral y siento cómo con ella arranca algo de mi piel, me muestra lo que parece una hebra de cabello y me mira con desdén como diciendo: «mira lo que te metieron, idiota». Harold coloca sobre la mesita de noche un microscopio electrónico y otros aparatos; de cuando en cuando voltea y me mira ya con risa burlona y luego de unos minutos en eso, por fin rompe el silencio.

‐··Listo, en efecto es un micrófono. Ya lo desactivé, me falta revisarlo más a fondo, pero antes vamos a hacerle el bug scan a cada uno de los que venían en esta nave. ‐··Tú a mí no me tocas, torbí —advierte Lapo. ‐··Yo no soy torbí —responde Harold—, y si te quieres ir de aquí con la incertidumbre, poco me importa.

Lapo accede a regañadientes. Finalizada su tarea, el Calvito sale a cubierta, enciende un cigarrillo y se dirige a todos, tanto a los presentes como a quienes están en casa de Augusta.

‐··El único contaminado era Juan; tengo que revisar el micrófono a ver si encuentro los paths a donde transmitía. —Pero eso no será aquí —dice Lapo—, saquen sus cosas y lárguense; no quiero volver a ver un torbí por el resto de mi vida.

Harold se encoge de hombros, le da una última bocanada al cigarrillo y lo guarda en su estuche, baja al camarote y recoge lo suyo. Todos desembarcamos y minutos después le lanzo un beso de despedida a Lapo, quien se limita a mostrarme el dedo medio apuntando al cielo mientras su nave, con forma de pepa de zamuro, se aleja del muelle.

—No sé si ya los presentaron —le digo a Yuca y a Harold—; ellos son Taffilynn, Donnie Johnnie y James. Vienen a la torbia a prepararse en asuntos agrícolas. —Y van a estar con nosotros en Adícora hasta que quieran —dice Aurelia. —¿Hacia dónde van ustedes? —Pregunto a mis dos amigos. —Yo necesito un lugar donde ponerme a revisar el aparato que te saqué —responde Harold. —Y yo quiero terminar de ver cómo lo hace —añade Yuca. —Bueno, pero son las dos de la madrugada; yo me acuesto a dormir y hago eso en la mañana. —Aclara el Calvo. —Vámonos a la casa y duermen allá —propongo—, tengo el Jeep por aquí estacionado; ahí apretados cabemos todos. —¿Ese perol aún rueda? —Cuestiona Harold. —Trece décadas en la carretera y todavía prende al primer intento —replico orgulloso. —Bueno…, a ese carro no le debe quedar ninguna pieza original. —Interviene Yuca. —Me supongo que de aquí a Adícora te gastas la mitad de la gasolina que refina corpus Amuay en un año —dice Harold. —No es mentira que ya tengo que empezar a ver motores eléctricos, pero derrocharé gasolina hasta que ya no quede una gota de petróleo que sacar, je, je, je. —Digo. —Una cosa —apunta Yuca mientras abro las puertas del Jeep—, tenemos que hacer una asamblea cuando tengamos los resultados de Harold, y obviamente tendría que ser en casa de Norberto, ¿les parece? —Es necesario; tenemos que ponernos al día —dice Aurelia refiriéndose a ella y a mí. —¿A qué hora crees que termines? —Le consulta Yuca a Harold. —Eso es rápido, menos de una hora a partir del momento en que comience. —Entonces, aviso para que todos estén atentos a mediodía —concluye Yuca.

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