Primera conflagración discreta

Sábado 13 de noviembre de 2117 ≈06:30:00 UTC

Borgoña · Choroní · Estambul

Como de costumbre, despierto muy de madrugada. Recuerdo haber visto unas botas ajustables de invierno en el estante de las hamacas, hurgo entre la oscuridad hasta encontrarlas, saco también una gruesa chaqueta y, ataviado con aquello, salgo por la puerta trasera de la pequeña estría habitacional de René y Leinny.

Regreso luego de caminar un rato por la ribera del lago; apenas entro, escucho que hay tertulia en la cocina. Cuando me acerco están Leinny y René bebiendo café, mientras Pedro termina con las últimas uvas del racimo que, presumo, le ofreció nuestra anfitriona.

—¿Tienes frío? —Me pregunta Pedro—. Eso que llevas puesto es para el invierno polar…

Le enseño el dedo medio de mi mano izquierda y sigo caminando hacia los dueños de la casa.

—Buen día, Juan —me saluda Leinny, al tiempo que intercambiamos besos de mejilla—. ¿Dormiste bien? —Sabroso, descansé bastante, gracias. —Ya mi esposito me contó todo, y te digo lo mismo que le decía a Pedro: si surge cualquier cosa en la que les pueda ayudar, no duden en hablar conmigo. —Y tú no dudes que así será —respondo. —Ajá, Juan —interviene René—, Kamprad toma el pentatrén hacia el norte a las nueve, dentro de dos horas y pico. —El mío sale a las ocho —avisa Pedro—, así que vas a tener que hablar tú solo con él, Juan, es decir, se suspende tu visita a Popenguine. —Tranquilo amigo, si puedo les transmito en vivo la conversa. Igual, me voy contigo a la estación para estar allá temprano.

Tres cuartos de hora después, el tranvía que tomamos frente a la casa de la pareja nos deja en la terminal catavial de la ciudadela del lago. Bajo con Pedro hasta su andén para hacer tiempo; al momento de llegar ahí nos sorprende ver a Kamprad frente a nosotros; junto a él está el mismo tipo que le acompañaba la noche anterior, y con mirada altiva se acerca hasta nosotros y nos increpa:

—Vinimos a asegurarnos de que se larguen y nunca más regresen.

No es que el tipo fuese un amigo entrañable ni mucho menos, pero nuestra relación con él siempre fue de mutuo respeto, quizá hasta cordial; supongo que por eso ni Pedro ni yo procesamos bien este inesperado nivel de agresividad, quedamos pasmados.

—No solo es estúpido, es además una falta de respeto que se vengan hasta aquí con sus asquerosos planes. ¿Ustedes, de verdad, piensan que nuestros compañeros de tanto tiempo se van a dejar confundir con sus patrañas? —Pero, Dag —respondo preocupado por lo que a todas luces es un malentendido—, nosotros vinimos fue porque… —Porque —me interrumpe— creyeron que la invitación de Karinna les daba derecho de venir a imponer su ideología de mierda entre la gente buena de nuestro corpus. —No, Kamprad —insisto—, estás confundido… —Para nada —vocifera el otro tipo en perfecto castellano, y también muy alterado—; de hecho, su presencia aquí confirma que es cierto todo lo que ya presumíamos. —¿Y qué presunción es esa? —Inquiere Pedro. —No te hagas el pendejo —responde Dag— lo sabemos todo desde hace un buen rato.

El nórdico sin nombre da un vistazo a su alrededor y se da cuenta de que la altisonancia con que nos confrontan está llamando la atención de todos en el andén, entonces toma del brazo a su compañero pidiéndole que se calme, y lo arrea escaleras arriba.

—¿Qué acaba de pasar aquí, hermano? —Interrogo a Pedro, algo confundido, una vez que perdemos de vista a los nórdicos. —Se volvieron locos —dice—. ¿Grabaste? —¡No! ¡Ni siquiera transmití! ¿Y tú? —Tampoco, no se me ocurrió. —Voy a llamar a los muchachos de una vez, —comienzo el tiqueo.

En ese momento, y desde el mismo andén, nos conectamos otra vez en apoconferencia los mismos de la noche anterior y Leinny. Por supuesto, luego de ponerlos en contexto, todos se lamentan por no haber presenciado el suceso y nos recriminan por no haber activado nuestros RECFU ni haber registrado nada.

···¿Y qué será eso de asquerosos planes? —Pregunta la única fémina entre nosotros. ‐··Coño, me pareció entender que Kamprad ahora cree que somos una secta o algo así —respondo. ···Pero no puede ser —dice René—, Kamprad tiene muchas décadas tratando con ustedes, y al igual que todos en este planeta, él sabe que lo único distinto entre los torbíes y el resto del mundo yɛlɛma es que ustedes no hacen branding. ···¿Será que estaban borrachos? —Interviene Carlos—. Ayer anduvieron de fiesta. ‐··No, vale —dice Pedro—, eso debe ser algún invento de los røkkesen esos. ···Ahora entiendo por qué no encuentro nada cercano a incumplimientos o retrasos por parte de las torbias en las negociaciones con ellos —realiza Andrés—, el conflicto es político, religioso, ideológico…, una vaina de esas. ‐··Ideologías… —mascullo— pero Kamprad parece loco; más de una vez él y yo conversamos sobre lo absurdo y contraproducente que es la imposición de ideologías, y ahora viene y nos acusa de hacer eso precisamente. ···Memoria selectiva, Juan —señala Leinny—, uno recuerda solo aquello que quiere recordar. ‐··Llegó mi pentatrén —anuncia Pedro—, ¿te vienes a Popenguine, Juan? ‐··Ni de vaina, prefiero hacer seguimiento a este asunto desde Paraguaná. ‐··Eso supuse —continúa Pedro—. Yo vuelvo a Paraguaná cuando termine en África, igual me mantengo en la conferencia. ‐··Dale, compa, nos vemos pronto. Yo voy a esperar para tomar el tren que sale a mediodía para Punta Cana. ···Me esperas ahí, Juan —dice René—. Me voy contigo a Paraguaná. ‐··¿Y eso? ···No tengo mucho que hacer aquí por varias semanas, y creo que me va a sentar bien un cambio de clima. ···Habla claro —dice Carlos entre risas—, lo que quieres es meterte de cabeza en este lío, te conozco. ···Claro —ratifica Leinny—, eso es todo lo que él quiere, ¡ja, ja, ja!

La conferencia se extiende hasta que René llega con su maleta y juntos abordamos el pentatrén a Punta Cana.

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