Viernes 12 de noviembre de 2117 ≈17:25:00 UTC
Le Conquet
Una vez en ella, tengo la impresión de que la terminal catavial de Le Conquet no es la misma que conocí, pero quizá eso se deba a la inusual soledad del lugar. Llama mi atención el montón de carteles adheridos en la pared, cada uno mostrando el rostro de una expresión lastimera, la breve descripción de alguna desgracia ocurrida al retratado, y un bokode apuntando a su registro de persona en RCU para recibir donativos.
No obstante mi curiosidad ante tan peculiar forma de mendicidad, paso de largo y enrumbo hacia la escalera que lleva a la superficie. Al margen de que la microhistoria de desgracia en alguno de esos carteles pueda ser verdadera, es evidente que se trata de apodependientes en busca de fondos para pagarse un puesto en la catrera más cercana y sumergirse en el apoespacio durante días sin tener que levantarse para alimentarse o visitar el baño, al menos, hasta agotar los donativos colectados y ser arrojados a la calle otra vez.
Apenas doy un paso fuera de la escalera mecánica, despliego las indicaciones que me envió Karinna sobre cómo hacer trasbordo hacia Borgoña y el proyector macular me pinta flechitas que indican hacia dónde debo dirigirme.
De repente, la pequeña Mikiko se aparece de la nada. Esbozando aún su infantil sonrisa, se para de puntillas frente a mí, tira de mi cuello para hacerme inclinar y me estampa un sonoro beso en la mejilla. Antes de que reaccione o pueda decir algo, la menuda figura se aleja de mí dando pequeños saltos y aleteando la manita para despedirse. Puede que sea fastidiosa, pero es dulce, la muchacha.
Camino hasta la terminal subcontinental donde abordo el pentatrén que cubre la ruta Le Conquet-Borgoña y lo recorro presumiendo que encontraré compañía. Casi llegando al último vagón veo un inconfundible bulto recostado entre un par de asientos: es Pedro, y parece estar dormido. Me le acerco en silencio y, con intención de sorprenderlo, le grito a milímetros de la oreja:
—¡Qué pasó, Pedrito! —Epa, Juan —Responde al tiempo que se despereza y estira su mano para estrechar la mía. No lo asusté. —¿Todo bien?, Karinna me dijo que te invitó, pero dudé de que te aparecieras. —Y casi que no vengo; tengo un montón de actividades pendientes en Popenguine, pero quise acompañar a René un rato. —Claro, porque admirar la belleza de la mujer wólof es una importante actividad pendiente —digo con tono sarcástico. —Qué va, Juan, calculé con exactitud la cantidad de días necesarios para hacer lo pautado en esa torbia1. No me va a quedar tiempo para mucho. —Bueno, yo estoy libre por varias semanas; si quieres me voy contigo para echarte una mano en lo que pueda. —La última vez que me ayudaste tuve que repetir un montón de actividades porque me botaste cuatro sef2. —No inventes, eso lo perdiste tú, ahí no te ayudé. —Bueno, yo sigo pensando que fuiste tú, pero no importa; hay unas cosas allá que tú puedes programar mejor que yo. Cuando terminemos con esto de René, cuadramos. —Dale, pero ya te dije, yo no fui.
Notas
Se llama así a cada una de las comunidades que en red global integran el Sistema Torbí.↩︎
Dispositivo de hardware diseñado para portar o almacenar de manera segura los soqets de acceso al apoespacio con sus recursos vernáculos. Un sef puede considerarse la llave que permite resguardar lo que cada quien posee en el espacio apofísico.↩︎