Primera conflagración discreta

Martes 23 de noviembre de 2117 ≈19:20:00 UTC

Shanghái · Choroní · Paraguaná · Tokio · La Habana · La Rinconada · Popenguine

Unos cuarenta minutos después de haberse hecho pública la existencia de la inimaginable colección de arte en el túnel, y justo cuando estoy decidido a dormir por un rato, Maya me llama desde la barra del bar de Utsu, lo que al parecer es ahora su lugar favorito del local.

···Juan, sube, apúrate… ···¿Qué pasa? —Consulta Estrada con preocupación, seguramente por la tensión que se percibe en la voz de Maya. ···Miren quién está aquí.

Maya abre su senstream en casa de Augusta tres segundos antes de que Taffilynn y yo lleguemos a su lado. Lo que alertó a la africana fue la llegada de Utsu, el otro tipo que jugaba dominó con nosotros, y Kako, esta última con cara de pánico.

···Joder, Utsu —dice Estrada— ¿Vas a torturar a la tía esta también? No seas guarro, te pasas. ···No, mujer —responde él—, yo no la traje, la encontramos rondando por aquí afuera, y miren esto.

Utsu acerca a Kako hasta nosotros, con poca delicadeza la voltea y le descubre la nuca para ponerla en nuestro campo visual y, por ende, en el de quienes reciban nuestros senstream, lo que quiere que veamos es la pequeña punción en la piel sobre la apófisis espinosa de la vértebra prominente de la mujer.

···¿Cambio de espinal? —Pregunto. ···No —responde Utsu—, extracción de espinal, no lleva ninguno ahora mismo. ···¿Qué pasó? —Pregunta Taffilynn. ···Kako dice que tiene un mensaje para ti, Maya —explica Utsu.

Mientras pronuncia esa última frase, Utsu le hace señas a Kako para que sepa que ya está frente a la destinataria de su mensaje; como parece que ya no le funciona el castellano es el mismo Utsu quien hace de traductor simultáneo a la afectada mujer.

‐··Maya, no volverás a ver a Isina, y puedes dar gracias a tus amigos torbíes por ello.

Con voz temblorosa, Kako contextualiza lo que acaba de decir:

‐··No lo digo yo, eso se me encargó decir. Hace menos de media hora Jinmu se abalanzó sobre mí mientras dormía, no sé cómo la obtuvo, pero tenía una herramienta de extracción de espinales. ‐··¿Ya camina? ¿Tan rápido? —Duda el amigo de Utsu. ‐··No…, es decir, por su expresión supe que estaba aposeído, y su aposesor lo hizo caminar pese a las fracturas que ustedes le infligieron, ahora se puso peor. ‐··Ajá, y te extrajo el espinal —puntualiza Utsu. ‐··Sí, y cuando terminó me dijo que viniera a traer este mensaje, pero me pidió que antes de salir le extrajera el espinal a él; eso hice, allá lo dejé en… ‐··Es decir —interrumpe Utsu—, a ti no te aposeyeron. ‐··Mira, yo aún no entiendo lo que sucede; nosotros no hicimos nada malo, seguimos siempre nuestras instrucciones al pie de la letra, yo no…

Utsu deja de traducir a Kako, la hace guardar silencio y le da la espalda cuando Maya toma la palabra en casa de Augusta.

···Si no entendí mal, lo que están haciendo en isla Cuba le está doliendo al desgraciado de Griffin. ···Lo dicho, le dimos en la madre —reitera Norberto. ···Disculpen la interrupción —tercia Dumas—, pero contacté a una experta en arte ahí mismo en La Habana, luce muy bien en RCU, se llama Alina y me dijo que puede juntar a su equipo y apersonarse en la urbanización PC en menos de una hora; la verdad, me inspira confianza. ···Ponla en contacto directo conmigo —pide Yusimil—. Que se venga para pasarle el testigo. ···Y miren esto —agrego—, en este instante me está llegando un texto de mi amiga Alicia, en Vitoria, se enteró del lío y está enviándome los datos de una tal María José del museo de Bilbao. Me dice que es una excelente restauradora y que le interesa ir a constatar las condiciones de las obras. ···Hay un mar de gente queriendo irse para allá —explica Made—. Que se integre un corpus para tratar el asunto y listo. ···Justamente en eso estoy —revela Yrene—. A todos los interesados los estoy juntando en el corpus que acabo de crear. ···Dame acceso a esos registros —solicita Yuca—, para salir y esperar afuera a quienes vienen, para guiarlos hasta aquí abajo. ···Confiesa que además quieres chequear a Jackson y a Mauro —aclaro—, estás preocupado por esa gente. ···Pues les digo —interviene Andrés—, tengo rato intentando localizarlos en ECIPA y no aparecen, o entraron al apartamento sin dejarse ver, o se fueron a otra parte. ···Yo lo acompaño, señor Yuca —ofrece James al tiempo que soba la cacha del arma acomodada en su cintura. ···Vente, pues. ···Ya por acá vamos a iniciar el rescate de las cajas de cesta anónima —anuncia Aurelia desde la Pepa e’ zamuro. ···Ya vamos para allá —dice Nara. ···No, niña —objeta Lapo—, espera a aquella gente para que se vengan todos de una vez. ···¿Entonces, ya nos vamos de la isla? ¿No se queda nadie? —Pregunta Raúl. ···Yo no creo que sea necesario que nadie se quede —responde Mikiko—. Pienso que estamos más que bien con Tjandamurra y Yusimil acompañando al corpus que se está armando para encargarse de la colección de arte.

Luego de unos minutos de recorrido por el túnel, Yuca retoma la palabra:

···Ya estoy con James en el apartamento; no hay rastro de Mauro y Jackson, vamos a dar una vuelta a ver si los encontramos. ···Una pregunta —inquiere María desde la casa de Norberto en Tiraya— ¿En cuánto tiempo creen que estén acá? Es que hay riesgo de que algo suceda, y no sé si Abdón y yo estemos en capacidad de enfrentarlo. ···A los pálpitos de mi mujer hay que hacerles caso —advierte él. ···No es un pálpito —aclara la compañera—. Hagan cuenta de la circunstancias y verán que es sensato tomar precauciones. ···Pero, además, percibes algo no tan obvio —insiste Abdón. ···Bueno, sí… ···¿Y si se vienen a mi casa? —Consulta Yrene— Yo estoy sola aquí… ···Sí —responde Abdón—. Mejor nos juntamos. ···Me están asustando —agrega Michelle desde Adícora. ···Coño, verdad—rectifica Yrene—, Michelle está sola con los niños en Chonaura. Mejor nos vamos para allá. ···¿Chonaura? —Dice Tjandamurra con curiosidad. ···Esa es la casita que tenemos en Adícora, junto al faro —explica Yuca— ¿Corremos riesgo en Adícora también, María? ···Yo no entiendo bien —interviene Pedro— ¿Qué es lo que se supone que va a ocurrir? ···No puedo asegurarlo al cien por ciento —responde María—, pero lo que vemos mi amiga Valenska y yo es que hay más aposesos de Griffin aquí en la península, y dadas las circunstancias, tememos que una agresión es inminente. ···¿Y cómo es que ustedes ven eso? —Insiste Pedro. ···Brother —responde Abdón—, créeme que no está de más tomar precauciones cuando ellas dos tienen sus pálpitos. ···No, no, no me malinterpretes —aclara Pedro—. No es escepticismo, al contrario; es que el tema me interesa muchísimo. ···Entonces, lo conversaremos largo y tendido —responde María—, pero ahora mismo es mejor irnos a casa de Michelle. ···La verdad —interviene Dumas—, sea adivinación o deducción, toca enseriarnos ya. Hemos estado muy tranquilos, y es verdad eso de que no sabemos cómo va a reaccionar Griffin. ···Finalmente, se toman en serio la situación —machaca Estrada. ···Y no solo en Paraguaná —añado—; eso aplica también a quienes estamos en Europa, en África o aquí en Asia. ···Me están poniendo nerviosa… —Confiesa Yrene. ···Ve saliendo que ya estamos por tu casa, negrura —dice el yogui. ···Atendiendo a la pregunta inicial de María —retoma Lapo—, en mi nave podemos estar de vuelta en cinco horas a partir del momento en que zarpemos. ···Michelle —dice Yuca con voz temblorosa—, métete en un cuarto con los niños, pon una tranca o algo. ···¿Tampoco tienes cerrojos allá, amigo? —Interpela James. ···Tú sabes que no. Hace décadas que no sé lo que es pasarle llave a una puerta. ···Yo aún no entiendo lo de los pálpitos —comenta Yusimil—, pero si algo sabemos en esta isla es que de que vuelan, vuelan, así que váyanse de una vez que Tjandamurra y yo nos encargamos de todo aquí. ···Muchas gracias, Yusa —responde Raúl. ···Entonces, salgan rápido de esa cueva para irnos al muelle —exhorta Yuca a Raúl, Norberto y Donnie—. Yo me quiero ir a Paraguaná adelante con Aurelia y Lapo, ¿me esperan? ···Estamos buceando, Yuquita —responde Lapo—. Si se apuran nos pueden ayudar con las cajas y, claro, entiendo que te quieras venir conmigo y no en un lento catamarán a vela. ···Menos mal que te deslindaste por completo de esa soberbia mantuana tan característica entre tu grupo familiar. —Ironiza Raúl ante el desdén con que Lapo se refiere a su embarcación predilecta.

En atención a la advertencia de María, Michelle sale de la casa a buscar a los mayores de sus hijos no adultos, son Andrés IX de ocho años, Marta VI de nueve años y Jonathan XVIII de una década.

—¡Niños!, ¡vénganse! —Llama la madre a los pequeños que juegan con otros niños por la base del faro.

Luego de ajustar la intensidad del llamado hasta convertirlo en grito, por fin los niños obedecen y se acercan hasta su madre. Junto con ellos se aproxima también una púber de diez u once años que jugaba con ellos, la criatura llama la atención de Michelle por lo rubia y la blancura de su piel, no parece haber estado mucho tiempo bajo el sol de Adícora. Al mirarla de frente, Michelle se percata de que la niña le está proyectando un bokode desde su entrecejo; curiosa por lo que pueda querer, enlaza al path que se le provee mientras arrea a los pequeños y, apenas conecta, recibe el impacto de un primer mensaje.

···Si no cierras EN ESTE INSTANTE todos tus canales de comunicación, degüello a tus tres hijos aquí y ahora.

Un escalofrío recorre el cuerpo de Michelle; solo el instinto materno la mantiene calmada y en pie. Sin tomar riesgos, silencia tanto la conexión a casa de Augusta como el enlace permanente que mantiene con Yuca.

···Vamos a la casa —ordena la púber—, si alguien te llama compartes el canal conmigo y respondes con naturalidad, no te tengo que repetir lo que va a pasar si llego a sospechar que avisas de mi presencia o alertas a alguien.

Después de recorrer los diez metros hasta la puerta de la casa, la mujer se percata de que adentro están un hombre y una mujer, ambos con cara de pocos amigos, empuñando las cachas de los machetes rozador debidamente envainados que cuelgan de sus cinturas.

—Hijitos, vayan a la habitación grande y me esperan allá —les dice a los niños. —Pero, señora Michelle, ¿nos deja jugar un ratito más? —Pide la rubiecita con inocente voz. —¡Sí, mami! ¡Por favor! ¡Déjanos jugar un rato con Ineke! —Implora Marta VI. —Está bien, entonces… Eh… Jueguen aquí donde yo los vea. ···Esos dos vienen conmigo; si te quedas tranquila no va a pasar nada —advierte Ineke a Michelle. —Tomen asiento, por favor —pide la asustada madre a la pareja de adultos desconocidos.

Sin mejorar la expresión en sus rostros, los macheteros miran a Ineke en busca de aprobación y cuando ella asiente con un gesto se acomodan en el par de mecedoras que encuentran más cercanas.

···¿Y me puedes decir que es lo que quieres, niña? —Pregunta la madre. ···Información y quizá algo de ayuda —responde Ineke mientras intenta descifrar para qué sirve y cómo funciona la perinola que Andrés IX le acaba de prestar—. Solo quiero recuperar lo que me robaron tú y tus amigos.

Sin tener la más mínima idea del espantoso momento que vive la mujer, en casa de Augusta seguimos atentos a lo que sucede en isla Cuba.

···Yusimil y Tjandamurra —dice Jonathan con tono solemne—, su colaboración ha sido invaluable, les debemos como mínimo una tonelada de vegemite. ···¡Puaj! —Espeta*Tjandamurra. ···Ay, a mí me encanta —confiesa Yusimil—, pero bien sabes que no es necesario, para nosotros ha sido un placer el poder ayudar. ···Abdón, ¿es posible que no se vayan por la vía principal? —Sugiere Mikiko— ¿Pueden caminar por la costa? ···Sí, sí —reitera Andrés—. Pasen la boca del caño y avancen por detrás de la laguna hasta Adícora. ···No. Gracias por tu apreciado consejo, Andresito, gracias a ti también, Mikiko —responde Yrene—, pero eso es una caminata de tres horas, vamos a tomar el tranvía. ···Es que si alguien va por ustedes, seguramente llegará por la vía principal —insiste la nipona. ···A menos que me digan que están viendo a los tipos con los sopletes en la mano, no vamos a caminar cinco horas —reitera la Coneja. **‧‧‧Dos horas —corrige Andrés. ···Ni dos ni una. ···Entonces, no estás tan asustada como dices. ···Una cosa es que esté asustada y otra que quiera caminar ocho horas. ···Dos horas. ···No insistas, Andrés —tercia Pedro. ···Yo creo que no es problema que vayamos en tranvía —añade María—, incluso, me parece conveniente. ···¿No les parece que estamos como dispersos? —Consulta Carlos. ···¡Por supuesto! —Responde Augusta—, pero como ustedes limitaron mis capacidades, me estoy absteniendo de intervenir. ···Pero, ¿qué te pasa? Yo solo te apagué los juicios morales, puedes seguir moderando. —Replica René. ···No me siento cómoda moderando a un grupo que no me tiene confianza —responde el ofendido autómata. ···Esto es una obra de arte —dice Andrés admirado—, Leinny la programó con tal finura que detecta con fabulosa precisión las situaciones en que debe ofenderse; me quito el sombrero. ···Envidio sus habilidades, colega —halaga Ciriaco. ···Enciéndele lo que le apagaste, René —propone Mikiko—, su moderación aquí es muy útil y sus intervenciones éticas son soportables, luego se le puede configurar la persomimia para que no se ofenda, y eso si fuese necesario, porque a mí ella me parece simpatiquísima como está. ···Agradezco mucho el voto de confianza, Mikiko —responde Augusta. ···Listo —responde René—, ya está igual que antes, pero trata de controlarte, pedazo de software.

Distraído por la semintrascendente discusión, no me doy cuenta del momento en que Kako sale del bar; al no verla, opto por silenciar la casa de Augusta y me vuelvo hacia Maya1.

—¿Kako dijo algo más antes de irse? —No, nada más; está totalmente desorientada, casi me conmueve. Casi. —Bueno. Mira, yo creo que no tenemos mucho más que hacer aquí. —Estoy de acuerdo y, si hubiese algo que hacer, confío en que Utsu nos va a ayudar. —A menos que Taffi tenga algo en mente, me regreso con ella a Paraguaná. —¿Y te llevas a Mikiko? —Hum… No lo había considerado, le voy a preguntar si quiere salir de Tokio un rato. —¿Cómo está Paraguaná en esta época del año? —Allá las cosas no cambian mucho por la época del año. —No me lo vas a creer, pero conozco muy poco del Caribe. —Maya, no tienes que darle vueltas; claro que eres bienvenida. —Es que tengo la idea de que manteniéndome cerca de ustedes se incrementa la posibilidad de que encontremos a Isina. —En la península nos sobran casas AMR2 y te vas a poder instalar en cualquiera de ellas por el tiempo que quieras. —Acepto tu invitación entonces, y no voy a pasar por Harare; me voy de una vez a tu península.

Mientras yo me quedo cavilando y tratando de figurarme si Maya va a estar bien en Paraguaná y mientras en isla Cuba todos están casi listos para partir, Michelle continúa lidiando con su complicada situación.

···Todo lo que yo sé y todo lo que sabemos los del equipo ya se ha hecho público —le explica Michelle a Ineke—, no sé si pueda ayudarte. ···¿Me juras que no encontraron nada más en el túnel de escape de Fidel? ¿Lo juras por tus hijos? ···¿Y había algo más que encontrar? —Repregunta Michelle.

Mientras sus inocentes compañeros de juego la ayudan a amarrar un trompo de madera, Ineke mira hacia los macheteros y con un cabeceo les ordena ponerse de pie.

···Está bien, está bien —reacciona Michelle—, diles que se sienten y te cuento de los demás hallazgos.

Con una nueva seña, Ineke hace que la pareja vuelva a sentarse.

···Dime que otra cosa encontraron, además de mi colección de arte —inquiere Ineke. ···Al final del túnel hayamos la sala grande redonda, de ahí recogimos unos documentos bastante deteriorados que estamos intentando restaurar, hay mucha humedad, no sé si se pueda hacer algo. ···Continúa. ···También dimos con la escotilla de salida al mar. ···Muy bien, dime qué más.

Michelle tiene muy claro que Ineke quiere saber si encontramos el alijo de cesta anónima o no; ella sabe que esa es una confesión que puede hacer sin problema, era de esperar que Griffin se enterase más tarde o más temprano, pero le da largas al asunto porque quiere hacer tiempo para que Yrene, María y Abdón lleguen. Teme lo que pueda suceder una vez que el aposesor de la pequeñita sepa lo que quiere saber.

···Encontramos equipo de buceo, todo en muy buen estado; es obvio que no se trata de objetos dejados ahí por los constructores originales del túnel. ···Fascinante tu perspicacia, pero termina de hablar, por favor. ···Me parece que te desenvuelves muy bien para ser una niña de ¿diez años? ···Tengo once; bien sabes que no soy yo quien te habla, y si no terminas de contarme… ···¡No puedo creer que estés aposesa! Apartando lo horrible del acto, debo admitir que tu habilidad aposeyendo es impresionante.

Pero es mentira, Michelle no está para nada impresionada, cuando mucho estará asqueada; sabe que cuando una persona se deja aposeer voluntariamente no se requieren mayores habilidades para controlarla, y siendo que por su inocencia los niños son blanco fácil de manipulaciones, no es extraño que Griffin haya explotado esa debilidad y, por tanto, tenga ahora en Ineke un canal de comunicación anónimo y perfectamente dócil.

···Deja la tontería y dime de una vez qué más encontraron. —Jonathan XVIII, regrésale la perinola a tu hermana; pórtate bien delante de la visita —dice Michelle señalando a la amenazante pareja enmacheteda. ···Enfócate, que no me cuesta nada empezar perforándole el ojo a cualquiera de estos tres inocentes —amenaza Ineke al tiempo que recoge del piso un puño de creyones y palpa la afilada punta del verde manzana. ···Está bien —se rinde Michelle—, sí, lo encontramos, tenemos toda tu cesta anónima. ···Bien, entiendo que te costara admitirlo; sabías que lo siguiente es que intercambiemos la vida de tus hijos por mi propiedad, dame el path de cualquiera de los torbíes en Cuba, por favor.

Acto seguido, la machetera se pone de pie y se acerca hasta Michelle lo suficiente como para tomarla del brazo; es de presumir que o recibe instrucciones o es aposesa.

···Anda, ve con mi subordinada y busca abrigos para los niños, nos vamos de paseo y seguramente no regresarás hasta tarde.

El terror que Michelle siente por tener que perder de vista a sus hijos se transforma en sorpresa cuando Yrene empuja la puerta de golpe y dice:

—Llegamos, Michelle… ¡Coño!

El improperio de Yrene es su reacción al machetazo cruzado que lanza el subordinado de Ineke y que se encaja un par de centímetros en la madera de la puerta, dejando el filo del rozador a milímetros de su nariz.

Yrene retrocede por instinto, pero Abdón y María se abren paso dentro de la casa. Esta aprovecha que el sujeto no ha podido desencajar el arma de la puerta y con la punta de su dedo índice derecho le da un golpe en la sien que lo hace perder el conocimiento ipso facto. En simultáneo, Abdón se va hacia la mujer que sostiene a Michelle del brazo, ante la inminente agresión, la mujer se da media vuelta para confrontar a Abdón, pero Michelle enreda sus pies con los de ella, hace que se vaya de bruces y en plena caída el yogui le propina un rodillazo en la nariz que la noquea. Al ver esto, Ineke sale corriendo hacia la puerta, Abdón se enrumba a perseguirla, pero Michelle, mientras abraza a sus tres pequeños, lo detiene con un grito:

—¡No! ¡Déjala ir! ¡Si la atrapas Griffin la mata!

Abdón hace caso. Por su parte, María se acerca al escritorio de madera que hace esquina a la izquierda de la entrada, abre la primera gaveta y le un vistazo, pero es en la segunda en la que encuentra lo que busca: una herramienta para extraer espinales, sin perder tiempo la utiliza en los ahora inconscientes agresores, previniendo así que Griffin cobre sus vidas. Es mientras María termina esa tarea cuando Michelle conecta con casa de Augusta y comienza a resumir para nosotros lo sucedido, al abrir su senstream podemos ver a Yrene paralizada a un lado de la puerta y aún con las manos en la cabeza.

···¿Y eso es un golpe de algún arte marcial, María? —Pregunta René. ···¡Ja, ja! No, no, es que la experiencia me ha enseñado que las personas con ese fenotipo tienen el pterion débil. ···Obvio, obvio —ironizo mientras vemos a Abdón arrastrar a los macheteros ya sin machetes hacia la acera de enfrente. ‐··Ajá, María —inquiere Michelle—, pero ¿cómo supiste que el extractor de espinales estaba ahí? Yo misma no lo sabía y, si mal no recuerdo, es la primera vez que vienes para acá. ‐··Di un vistazo alrededor y deduje que ese era el sitio donde Yuca guardaría algo así. ···No me jodas, María —replica Carlos—, quinientos años atrás te hubiésemos quemado en la hoguera, bruja. ···Yo no tengo cómo agradecerles que me protegieran a mis muchachitos y a mi Michelle —dice Yuca desde la Pepa e’ zamuro, recién zarpando rumbo a Paraguaná—. Cuando llegue te beso en grande, María, y a ti también, Abdón.

Notas
  1. Traducción de la conversación original en inglés.↩︎

  2. El Proyecto Ana María Reyes o AMR ha estado en ejecución durante más de seis décadas en la región caribeña, se trata de un corpus dedicado al diseño y fabricación de habitáculos estilo coriano-paraguanero colonial, construcciones en las que se utilizan materiales autóctonos (caña brava, cardón, madera, teja, bahareque…) y técnicas tetracentenarias, con lo que se alcanza el máximo de eficiencia en el control de la temperatura, la humedad, la ventilación y la iluminación de cada habitáculo.↩︎

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